Bien, en atención al clamor popular hablaré un poco de comida. De lo cual estoy encantado, porque hay pocas cosas en el mundo que me gusten más que zampar. Este gusto por el buen comer es lo que me ha llevado, creo, al gusto por la cocina. Eso de prepararme con calma y a mi manera un plato que luego me voy a embaular, es algo que no tiene precio.
Conozco muchas personas a quienes les gusta la buena comida y, sin embargo, no se animan a cocinar. Pienso que eso sucede porque no lo han probado, creyendo seguramente que todo resulta mucho más complicado de lo que realmente es. Así que pensando en ellos escribo esta entrada, para ponerles un ejemplo de plato sencillísimo de hacer y rico a más no poder. Los que ya cocinen –especialmente las chicas, que parecen llevarlo en los genes- no aprenderán nada nuevo, me dirijo especialmente a esos hombres a punto de cumplir los 40 años que todavía no han se han acercado a una sartén por temor a que se vuelva contra ellos.
¿Hay algo más fácil que abrir una puerta, y luego volver a cerrarla? Pues eso es todo lo que hay que hacer para disfrutar de un magnífico pescado al horno. Los pasos completos son los siguientes:
1º.- Vamos a la pescadería a comprar el pez (besugo, lubina, dorada…). Las lubinas y las doradas ya son casi todas de piscifactoría, por lo que están bastante baratas (aunque sean pequeñajas). El besugo sale algo más caro, pero fuera de Navidad tampoco demasiado. Para dos personas hay que comprar un ejemplar de un kilo más o menos. Pedimos que nos preparen el bicho para el horno, con lo que nos quitarán las tripas y rasparán las escamas. La cabeza que la dejen en su sitio, qué manía con quitarla…El misterio insondable de las pescaderías son esas colas que suele haber, ¿es que no pueden poner más pescaderos? Por lo menos ahora se coge número, no hay que preguntar “quién es la última” para que “te dé la vez”.

2º.- Llegamos a casa. Nos relamemos a la vista del pez (en la foto, un besugo que ya forma parte de nosotros). Encendemos el horno a 180/190ºC y le calentamos durante 10 minutos. Cogemos una fuente, echamos un poco de aceite, ponemos el pez dentro, le echamos otro poco de aceite por encima, le ponemos sal y lo que nos apetezca (pimienta, plantas aromáticas, cada uno lo que le guste), y para adentro. Si es un bicho muy gordo se le pueden dar un par de cortes finos en los lomos.
3º.- El tiempo de cocción depende de cada uno. Esto es lo bueno de cocinar, que haces lo que te da la gana. A mí me parece que el punto perfecto se alcanza en el mismo instante en que el interior deja de estar crudo, ni un minuto más. Incluso si queda un pelín cruda la carne inmediatamente pegada a la espina no hace mal, el resto del pescado estará perfecto. En nuestro horno ese punto se alcanza, para un pez de un kilo, a los 20/23 minutos. Lo único que hay que hacer para que salga a nuestro gusto es repetir la operación 2 ó 3 veces, hasta cogerle el tranquillo. A partir de ahí, tendremos la posibilidad de repetir este plato magnífico todas las veces que queramos, como si estuviésemos en una cadena de montaje.
Esta sería la receta base, y no hay por qué hacer más. Si queremos variar un poco la preparación podemos echar un vistazo a libros de cocina y tomar ideas, pero la base no cambia.
El pescado al horno hay que acompañarle con algo, si no resulta una comida escasa. El día que nos zampamos al amiguito de la foto nos preparamos de acompañamiento unas patatas hervidas y doradas posteriormente a la sartén (se hierven hasta que quedan cocidas pero todavía algo duras, y luego se doran a fuego lento), y unos espárragos trigueros troceados y salteados (éstos se hacen a fuego lento también).


Lo que no hice fue una foto final del plato ya preparado antes de atacarlo, no me dio tiempo...
Y para beber un vino blanco, claro está. Un vino de Rueda de uva verdejo, por ejemplo.