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jueves, 20 de septiembre de 2012

Jon Krakauer: "Mal de altura"

Hace unos días terminé de leer un libro que me ha encantado. Se titula “Into thin air” -traducido al español como “Mal de altura”- (Ed. Desnivel, edición de 2008) obra del escritor/periodista/alpinista Jon Krakauer. Este libro es la “crónica de una tragedia en el Everest”, ocurrida durante la temporada de escalada del año 1996. Fue publicado pocos meses después de los hechos.

El autor trabajaba entonces para una revista de montañismo. La revista le propuso que escribiese un artículo sobre la creciente explotación comercial del Everest. Para ello debía unirse a una expedición comercial (estas expediciones que llevan a la gente a la cima a cambio de un dinero), y contar desde dentro sus experiencias.

Y al tipo le sonrió la fortuna -periodísticamente hablando-, porque ese año y en su presencia se desencadenó una tragedia. Un día de buen tiempo coincidieron en la cumbre varias expediciones (unas treinta personas en total). A primera hora de la tarde, cuando todavía había escaladores en la cumbre o incluso llegando a ella, se desató repentinamente una tormenta. Murieron en total ocho personas, y otras cuantas salieron de allí con congelaciones más o menos graves.

El libro trata, en diversos pasajes, sobre un problema recurrente en el montañismo, que se puede hacer extensivo a muchas otras esferas de la vida.

Se trata de lo siguiente. La meta del alpinista cuando sube la montaña es, cómo no, alcanzar la cumbre. Sin embargo, existe (o debe existir, en una mentalidad racional) una meta superior a la anterior, que es la meta de volver a tu casa con vida.

La experiencia ha demostrado sobradamente que resulta muy peligroso hacer cumbre más tarde de una determinada hora (la hora dependerá de la cumbre que sea, de la distancia al último campamento, etc.., pero en general será en torno a la primera hora de la tarde), pues muchos accidentes mortales se producen en el descenso, cuando al montañero se le hace de noche, o le sobreviene un cambio de tiempo, o se le acaba el oxígeno, o simplemente le abandonan las fuerzas.

A medida que el objetivo se encuentra más cerca, más al alcance de la mano, se hace más fuerte el impulso de llegar a la cumbre, y más difícil tomar la decisión de parar y dar media vuelta; esta proximidad a la cumbre, unida a la circunstancia de que a ocho mil metros de altura parece ser que no se piensa con claridad, provoca que, con cierta frecuencia, los alpinistas supediten la meta superior (el regreso a casa), a la consecución de una meta que es -o debería ser- inferior (llegar a la cumbre).

Y aquí estaría la enseñanza o moraleja general: no hay que perder nunca de vista los objetivos finales de cada uno, ni sacrificarlos por objetivos intermedios que previamente –con la cabeza fría- no se habían definido como finales. Y que resulta crucial mantener la “razonabilidad de las expectativas”, como dijo Roberto una vez.

El autor del libro consiguió coronar antes del límite horario que los integrantes de su expedición se habían autoimpuesto –límite que no todos respetaron-. Tuvo muchos problemas en el descenso, pero finalmente sobrevivió. Otros montañeros fallecieron, en medio de una confusión generalizada sobre la situación y los movimientos de cada uno, provocada por la tempestad y por la noche.

El autor se entrevistó posteriormente con todos los testigos presenciales que pudo localizar, y trató de reconstruir pormenorizadamente los acontecimientos según ocurrieron. Se produjeron diversos conflictos morales derivados, básicamente, del riesgo y sacrificio personal que supone ayudar a un semejante a ocho mil metros de altura. 

La versión de los hechos contenida en el libro fue rebatida por otro de los montañeros presentes (el kazajo Anatoli Boukreev), que dio su propia versión en un libro publicado un año después ("The Climb", traducido al español como “Everest 1996”, Ed. Desnivel). Tras la publicación de este segundo libro, Krakauer escribió una nota de complemento a su libro inicial, contestando a las objeciones planteadas por Boukreev. La polémica no duró mucho porque Boukreev se mató muy poco después en el Annapurna. No he leído (todavía) el libro de Boukreev, pero por la contestación que dio Krakauer deduzco que no hay apenas divergencias entre ambos en cuanto a los hechos ocurridos, sino que la discusión se refiere más bien a la atribución de responsabilidades por la tragedia. 

En la época en la que escribió el libro, Jon Krakauer era un buen alpinista, pero no un “profesional” (si es que se puede decir así). Había escalado montañas complicadas, pero nunca de tanta altura. Cuenta en su libro que él, al igual que muchos otros alpinistas aficionados, había perdido el interés por el Everest cuando la montaña comenzó a popularizarse, y a ser escalada por personas muy poco preparadas, o de mucha edad, merced a los servicios prestados por las expediciones comerciales sobre las cuales trataba precisamente el artículo que debía escribir originalmente. Compartía la opinión general de que el Everest era una montaña fácil que ya podía ser escalada casi por cualquiera. 

¿Montaña fácil? En youtube hay algunos vídeos muy ilustrativos sobre la arista final que hay que salvar para llegar a la cita del Everest (se aprecia en esto video también la romería de gente que por allí circula… habrá mucho valiente en este mundo, pero yo no llamaría “fácil” a esa arista) 

Y en este último video, la arista final aparece a partir de 1:40.

miércoles, 6 de junio de 2012

Ray Bradbury. Y foto.




Ayer se publicó en la portada de un periódico alemán esta foto tan buena, jeje... bueno, esta misma foto no, ésta la he hecho yo esta tarde, sino otra muy parecida tomada centímetro más arriba o más abajo.. paso habitualmente por el lugar, y nunca me había percatado de que se encontraba ahí, a la vista de todo el mundo, esta imagen tan afortunada.

Cambiando de tema. Hoy se ha muerto Ray Bradbury, el autor de "Fahrenheit 451". Casualmente estoy leyendo estos días otro libro suyo, "El hombre ilustrado", que me está gustando mucho. Es una colección relatos breves, de ciencia-ficción (más bien, fantásticos). Voy a subir uno de ellos, "por fascículos", en el blog Textos Robados, con la alevosía habitual. Para quien le pueda interesar.. :-)

sábado, 30 de octubre de 2010

Las buenas costumbres


Le han regalado a Clara un libro titulado “Enciclopedia Culinaria – La Cocina Completa”. Se trata de una reedición de 2009, de un libro editado originalmente en Madrid en el año 1940.

Es un libro de recetas, aunque a modo de introducción contiene también consejos diversos sobre cuestiones accesorias: utensilios de cocina, preparación de la mesa, origen de los alimentos, etc..

Su autora es una tal María Mestayer de Echagüe, Marquesa de Parabere. Imagino que esta marquesa gozaría en su día de cierta fama o consideración pública –¿sería la Arguiñana de la posguerra?-, pero hoy en día su memoria se encuentra tan enterrada y desaparecida como lo estarán sus huesos. Las glorias mundanas, ya se sabe cómo pasan.

Pero la buena señora nos ha dejado su libro, en cuyo interior han quedado fosilizadas –como insectos en una gota de ámbar- las normas básicas de urbanidad.

Hoy en día se han perdido por completo las formas, el decoro, y las buenas costumbres. Invitas a tus amigos o familiares a comer a casa, y la reunión se vuelve enseguida una merienda de negros. Debemos, decididamente, recuperar las buenas formas de nuestros mayores.

En el libro se nos explica cómo debemos proceder si invitamos a gente a casa. Seguidamente transcribo los párrafos correspondientes (no quito ni pongo nada, ¡lo juro!). Propongo que empecemos, todos, a seguir al pie de la letra estos sabios consejos, y quizás así alcancemos el anhelado Mundo Mejor.

"La etiqueta de la mesa

A la hora señalada para servir la comida (o el almuerzo) el criado, abriendo la puerta de la sala de par en par, pronunciará la frase de rigor: «La señora está servida.» La señora se habrá arreglado para retener a su lado a los dos caballeros de mayor categoría y, conversando con ellos, se dirigirá con naturalidad al comedor, seguida por los demás invitados, sencillamente agrupados, ya que no se estila, como antaño, el «ofrecer el brazo a las damas».

Como decimos, la señora penetrará la primera en el comedor y se dirigirá a su puesto, permaneciendo de pie, mientras los demás comensales se dirigirán a sus respectivos puestos, quedando igualmente de pie ante ellos. El puesto de cada cual estará indicado en una cartulina colocada en cada respectivo plato y en la que irán escritos los nombres y apellidos o el título, si lo tuviere, del comensal.

Todos los invitados ya ante sus respectivos puestos, la dueña de la casa se sentará la primera, haciéndolo acto seguido los demás, siendo el último a sentarse el dueño de la casa.

Los señores que invitan se sentarán en el centro de la mesa uno enfrente del otro, y los puestos que llamaremos de honor son los correspondientes más próximos de ellos, siendo el de la derecha de ambos el primero, siguiendo el de la izquierda en categoría; por tanto, se colocará a la derecha de la señora el caballero más principal, y a la derecha del señor la dama más conspicua; luego vienen los del lado izquierdo, reservados para la dama y caballero que sigan en categoría. Los más alejados y las puntas de la mesa se reservan para la gente joven.

Los invitados se colocarán alternando un caballero y una dama, y se tendrá sumo cuidado al aparejarlos, no colocando nunca hermanos juntos, ni menos aún a los esposos.

NOTA.—Los esposos se colocan juntos en el centro de la mesa en la comida de boda, pero sólo en ese único caso.

De la buena colocación de los invitados dependerá el éxito de una comida, pues por selectos que sean unos manjares si no son gratos los vecinos no se saborearán a gusto. La buena ama de casa ha de saber seleccionar sus invitados, buscando entre ellos afinidad de gustos y simpatía y nivel social. La dueña de la casa, que ha sido la primera en sentarse, será también la primera en levantarse de la mesa, ya que nadie puede hacerlo antes que ella.

El criado servirá como sigue: empezará por la dama colocada a la derecha del dueño de la casa, luego servirá a la de la izquierda y seguidamente a todas las señoras, siendo la última a servirse la señora de la casa. Servida ésta, empezará por el caballero sentado a la derecha de ésta, luego servirá al caballero colocado a su izquierda y seguidamente a todos los demás señores, terminando con el de la casa.

Si sirven dos criados, uno servirá a las señoras y otro a los señores el mismo orden antes indicado, con la salvedad que el sirviente encargado de servir a los caballeros servirá antes a la dueña de la casa, siguiendo con el caballero colocado a la derecha de ésta, etc.

Durante la comida los señores de la casa no harán comentarios ni exaltarán las excelencias de los manjares que ofrecen, salvo en contadas ocasiones, tal como tratándose de algún plato exótico o puesto ex profeso por ser gusto particular de alguno de los invitados que se quiere obsequiar, pero siempre con mesura y discreción, ni se hará presión para que se sirvan o repitan, dejando a cada cual en perfecta libertad para servirse y comer lo que más les convenga. Esto referente a los que invitan, pues los invitados pueden y deben alabar -siempre con mesura, pero expresivamente- la satisfacción que les causa la bondad de los manjares que se les ofrece —aun cuando fueran detestables—, así como lo agradecidos que quedan a tantas atenciones.

NoTA.—Si los hijos o yernos de la casa son comensales, éstos se servirán los últimos después del señor.


Para terminar, transcribo a continuación la admonición que figura en la primera página del libro, dirigida a todos sus lectores –entre los que os encontráis ahora vosotros-, para que a nadie se le ocurra copiar nada. ¡Que no se diga que no aviso!

"Reservados todos los derechos. NO se permite reproducir, almacenar en sistemas de recuperación de la información ni transmitir alguna parte de esta publicación, cualquiera que sea el medio empleado… bla,blu,ble… multazo gordo.. bla,blu,bli.. cortar cataplines, etc.."

domingo, 8 de noviembre de 2009

Orhan Pamuk: "Estambul. Ciudad y recuerdos"



Hace ya varios meses me leí “Estambul”, de Orhan Pamuk. Quise comentar el libro entonces, como complemento a las entradas que he puesto (y seguiré poniendo) con fotos de esa misma ciudad, pero lo fui dejando… dejando… y ahora ya he olvidado gran parte de su contenido. Escribiré al menos las ideas esenciales que me dejó el libro, antes de que también éstas se me olviden.

No me pareció un libro que te pueda enganchar por si mismo si no te interesa particularmente la ciudad de Estambul. Por lo tanto, no se lo recomiendo a quien se encuentre en ese caso.

En cambio, si has estado en Estambul, o si planeas visitarla, resulta una lectura tremendamente aconsejable, pues te ayuda a entender la ciudad mucho mejor.

Y es que la descripción que se hace de la ciudad en el libro no coincide con lo que ven tus ojos de turista.

Como quiera que no puedes negar la pertinencia de la descripción que un estambulita como Pamuk realiza de la ciudad que ha habitado durante años, pero tampoco puedes obviar lo que ven tus ojos aunque sea en sólo cuatro días, constatas el peso del tiempo en la percepción de una realidad… el resultado tan distinto que producen la visión diacrónica de Pamuk, y la visión sincrónica del turista. Porque Pamuk ve el tiempo, y el turista no.

¿Qué ve el turista? Una ciudad luminosa, llena de colorido en sus tiendas y mercados, rodeada por el azul del cielo y el azul de ese mar tan visible desde muchos puntos de la ciudad.

Pamuk, en cambio, siente que Estambul es una ciudad blanca y negra. No recuerdo exactamente por qué motivo la ve así, pero sí que era una sensación adquirida en la infancia y nunca perdida.

¿Qué ambiente percibe el turista en la ciudad? Alboroto, prisas, estrés… pero también un punto de alegría.

Pamuk, por el contrario, nos dice que la palabra que mejor define a Estambul es “amargura”. Y lo dice porque ha sido testigo de cómo, a lo largo del tiempo, la ciudad iba perdiendo rasgos que él estimaba esenciales en ella, imprescindibles.. como, por ejemplo, los antiguos edificios de madera, quemados y sustituidos por construcciones de hormigón de pésima calidad y peor estética.

El turista ve lo que hay (lo que queda), y le gusta. Pamuk piensa en lo que había, y se le cae el alma a los pies.

En cuanto relato del sentimiento de pérdida de una ciudad (o de un país), de lo que algo pudo ser y no ha sido, el contenido del libro sí resulta extrapolable más allá de Estambul, a otras tristes realidades.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Heinrich Heine: "Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania"


Muchas veces me paso por las librerías sin una idea preconcebida, sólo con la intención de comprar el primer libro que me parezca interesante. Eso sí, evito leer el típico resumen de la contraportada para que el editor no me chafe alguna trama, de modo que en tales casos mis únicos criterios de selección son autor, título, y tamaño. En alguna ocasión excepcional me he llevado a casa una obra que luego resultó ser una auténtica castaña; la mayor parte de las veces, acierto y el libro me gusta; y de tanto en tanto suena la flauta y se me cruza en el camino una auténtica joya. Y esto último me ocurrió hace unos meses con el libro que comento hoy.

Se trata de un breve ensayo, escrito en el año 1834, titulado “Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania”. Por el título pudiera parecer una obra espesa y de escaso interés general, dedicada a una cuestión técnica y específica de un país; sin embargo, lo cierto es que aborda, en un lenguaje claro y sencillo, materias que son universales.

Heinrich Heine (1797-1856) se dedicó fundamentalmente a la literatura y la poesía, y por ello se le conceptúa como escritor y poeta. Pero fue también durante un tiempo discípulo de Hegel, perteneció brevemente a un movimiento político-literario de corte revolucionario (frente al absolutismo superviviente de la Revolución Francesa) llamado “Joven Alemania”, y trató a muchos escritores y pensadores destacados de la época (por ejemplo, a Marx), por lo que adquirió también una sólida formación filosófica y política.

Heine nació en una familia de judíos ortodoxos, convirtiéndose en su juventud al cristianismo -versión protestante- por los continuos problemas que le acarreaba su religión natal. Del libro que comento se desprende que su posición personal frente a la religión derivó en el panteísmo –frente al deísmo de judíos y de cristianos-. Tuvo ocasión y motivo a lo largo de su vida, por tanto, para reflexionar a fondo sobre la religión, por lo que en este ámbito sus opiniones resultan también muy valiosas. El ensayo que comento incluye una breve pero curiosa –por inhabitual- referencia al debate que se planteó también dentro de la religión judía, de forma análoga al que suscitó la reforma protestante frente a la iglesia católica.

Pero es un poeta el que escribe, y no un filósofo; como muestra del espíritu de este ensayo, transcribo unos párrafos del comienzo:

Si algún gran filósofo alemán echa una mirada a estas páginas se encogerá seguramente de hombros al ver el modesto corte de todo lo que aquí expongo. Tenga, empero, la bondad de pensar en que lo poco que yo digo está expresado clara y precisamente, mientras que sus propias obras, sin duda muy profundas, inconmensurablemente profundas, meditadas, estupendamente meditadas, son fabulosamente incomprensibles. ¿Y de qué sirven al pueblo graneros cerrados para los que no tiene llave? El pueblo tiene hambre de saber y me agradece la miga del pan de espíritu que honradamente comparto con él.

Yo creo que no es la falta de talento adecuado lo que hace abstenerse a la mayoría de los sabios alemanes de expresarse en términos populares acerca de la religión y la filosofía. Creo que es más bien miedo a los resultados de su propio pensamiento, que no se atreven a comunicar al pueblo. Yo, en cambio, no tengo miedo, pues no soy un erudito, sino que soy pueblo mismo. No soy un erudito; no soy ninguno de los setecientos sabios de Alemania. Yo me sitúo, pues, con el gran montón, ante las puertas de su sabiduría, y si se les escapa cualquier verdad y llega hasta mí, puede estar segura de haber llegado todo lo lejos que tenía que llegar: yo la escribo con hermosas letras gordas en el papel y se la doy al obrero que compone para la imprenta; él la pone en plomo y se la da al impresor; éste la imprime, y aquella verdad pertenece desde entonces a todo el mundo
.

El libro está escrito en Francia y para los franceses. Heine se había trasladado a Francia con ocasión de la Revolución de 1830, y en ese ambiente liberal escribió este libro; su intención declarada al publicarlo era la de explicar a los franceses la filosofía alemana, y corregir la imagen deformada de ésta que, a su juicio, había transmitido un libro publicado en Francia algunos años antes (De l’Allemagne, de Madame de Staël).

En la contraportada de esta edición que me he leído se califica a la obra como “pequeño libro de vulgarización filosófica”. Quiero subrayar que a esa palabra “vulgarización” debemos darle en todo caso el sentido que tendría en el s. XIX, y no el significado puede tener hoy en día; pues lo que nuestros antepasados consideraban “vulgar” no se acerca ni remotamente a lo que hoy denominamos así (en ese aspecto hemos “avanzado” casi tanto como en las ciencias). Por tanto, aunque es un libro muy claro, conviene leerlo despacio y con atención para comprender perfectamente todo su contenido.

El libro se divide en tres partes. Su contenido –muy resumidamente- es el siguiente:

La primera parte se titula “Alemania hasta Lutero”. Nos habla en ella sobre la forma en la que la religiosidad pagana de los antiguos germanos –panteísta- fue asimilada (y deformada) por el catolicismo; y termina explicando las causas y consecuencias de la Reforma luterana.

En la segunda parte, titulada “De Lutero a Kant”, explica la evolución filosófica posterior a la Reforma. Fija su inicio en un pensador francés, Descartes, a quien atribuye la paternidad intelectual sobre Locke (padre del materialismo inglés) y Leibniz (padre del idealismo alemán). Como tercer “hijo” de Descartes, que llega para superar a los otros dos, sitúa a Spinoza (padre del panteísmo filosófico). Habla también en este capítulo sobre otros filósofos previos a Kant, como Wolf o Lessing.

Finalmente, en la tercera parte, que se titula “De Kant a Hegel”, nos habla sobre la filosofía de Kant, sigue con la de Fichte y Schelling, y termina con Hegel.

Nos encontramos –esto no debe olvidarse- ante un ensayo muy breve (el texto de Heine ocupa apenas 160 páginas). Por lo tanto, no explica la doctrina de los filósofos que cita en toda su presumible extensión, ni pretende hacerlo. Pero su lectura resulta tremendamente útil para quien no sea especialista en la materia, pues narra la doctrina esencial de cada autor, y –lo que es más importante, a mi juicio- describe, apoyándose en tales puntos esenciales, la evolución del pensamiento filosófico producido entre los siglos XVI y XIX con una envidiable claridad expositiva. No contiene una suma de informaciones estáticas sobre cada autor, sino una descripción dinámica de todo el proceso.

Considera Heine que en Alemania se había producido una revolución religiosa (Lutero) y una revolución filosófica (Kant), y se encontraba pendiente la revolución política. El libro finaliza con una premonición sobre cómo llegaría a ser esta futura revolución política alemana cuya lectura resulta sobrecogedora, pues en cierto modo parece anticipar la Segunda Guerra Mundial.

En fin, un gran libro.

sábado, 30 de mayo de 2009

John Steinbeck: "Las uvas de la ira"


Conocía esta obra de oídas, pero de ella sólo sabía que estaba ambientada en la época de la Gran Depresión (años 1929 y siguientes). Y me ha parecido que era un buen momento para leerme el libro, vistos los tiempos que corren.

Se narra la historia de una familia de agricultores del medio-oeste de Estados Unidos, quienes, como muchos otros de la región, se encuentran sin trabajo de la noche a la mañana cuando los tractores aparecen en escena y se mecanizan las labores del campo en los cultivos de tipo extensivo propios de la zona (el algodón, en el caso de los protagonistas). En la agricultura sólo se necesita ya mano de obra abundante para la recolección de los frutales, presentes en el suave clima mediterráneo de California, lo que provoca una emigración masiva hacia allá.

Los emigrantes viajan con el sueño de un trabajo sencillo y bien pagado. Cuando llegan, descubren que la situación no es como la imaginaban: por el propio exceso de emigrantes, no existe trabajo para todos y los salarios son muy bajos.

Es un libro largo pero no se hace pesado, pues se mantiene un buen equilibro entre el relato –las peripecias de la familia- y la reflexión social.

No he encontrado en el libro la relación que esperaba con nuestra situación económica actual, pero, en cambio, he descubierto una relación inesperada con la situación que han debido vivir, durante estos años pasados, los inmigrantes que han venido a España huyendo de la pobreza y falta de expectativas en sus países de origen.

La semejanza es muy evidente en el plano conceptual (desplazamiento territorial en busca de un futuro mejor), aunque no tanto en los detalles, pues la vida de los emigrantes sin techo ni domicilio fijo, que en el libro constituye el panorama generalizado, no ha sido tan común en España (no mayoritario, al menos).

Pero no cabe duda de que también a esos extremos se ha llegado en no pocos casos. En TV han emitido algunos reportajes (muy escasos, eso sí, sobre los africanos que se desplazaban este invierno por Andalucía buscando lugares donde se estuviera recogiendo la aceituna, o sobre los rumanos que viven en chabolas junto a los campos que cultivan, o sobre marroquíes y latinoamericanos que esperan a primera hora de la mañana, en lugares “estipulados” de las grandes ciudades, la llegada de una furgoneta que les recoja para trabajar en la construcción, etc…

Aquí habría, como lo hubo en Estados Unidos, materia suficiente para escribir un libro y para producir una película. Pero no le pidas al cine español que deje de mirarse al ombligo, o que haga una crítica social del tiempo en el que gobierna el partido que les da de comer.

Lo que espero es que el relato del libro sea verdaderamente una historia pasada, y no estemos ante nuestra propia y próxima historia, jeje… porque si este país va a la quiebra, nos puede tocar emigrar. Viendo el cariz de los acontecimientos, no me parece algo imposible.

No me preocupa tanto la crisis como el camino que hemos tomado, que no es el camino de salida sino justamente el contrario, el camino que nos lleva directamente hacia el hoyo. A estas alturas está muy claro que el origen de la crisis actual no es otro que el endeudamiento excesivo; el crédito es útil –hasta imprescindible- para invertir (que no es lo mismo que gastar): me adelantas un dinero que no tengo, que te devolveré a medida que vaya ahorrando. Si pides un crédito tomando en consideración tu renta actual y la razonablemente prevista, de forma que su devolución dependa únicamente de tus ganancias y de tu capacidad de ahorro, no hay problema… sin embargo, se han estado pidiendo y concediendo créditos cuya devolución no se confiaba a la renta esperada, sino a la revalorización (supuesta, especulativa) de los activos adquiridos… y con la vista puesta no en la devolución del crédito, sino en la transmisión del activo revalorizado para realizar la plusvalía. Y así, el volumen de los créditos ha crecido hasta el momento en el que, de repente, la mente colectiva ha hecho “click” y se ha formulado la gran pregunta… ¿toda esta masa de deuda, se va a poder devolver algún día? En ese instante se han dejado de revalorizar los activos, y ha comenzado la crisis.

Este es el punto en el que nos encontramos. La gente estaba comprando pisos y coches carísimos a crédito, y las Administraciones Públicas estaban gastando cantidades ingentes de dinero. Vale, es cierto que nadie, ni la gente ni las Administraciones, había previsto la crisis. Ahora eso ya no importa, lo que interesa es encontrar una solución.

Si el problema es el exceso de deuda, es evidente que la única solución posible es reducirla. Y la deuda se reduce gastando menos, y ahorrando más. Pagando la que se pueda, y reconociendo la pérdida por la que no se pueda pagar.

Y ahora viene lo que me preocupa. Las economías domésticas y las empresas (el sector privado) han comprendido el problema y la solución sin ninguna dificultad (¡es que no es tan difícil!), y han cortado el gasto de forma radical. Es duro para quien tiene que asumir sacrificios y para la economía en general, pero es necesario… más que necesario, es inevitable. Sale hoy en el periódico la noticia de que, por primera vez en cincuenta años, se ha producido un incremento respecto al año anterior en la venta de legumbres, un alimento barato. Fijémonos ahora en el sector público... ¿qué está haciendo?... pues gastar de una forma absolutamente disparatada…¡están soplando como posesos dentro de la burbuja, intentando hincharla otra vez! .. que está pinchada, hombre, que está pinchada… la situación sería bastante cómica, de película de los hermanos Marx, si no fuese porque, en el proceso, están arruinando al país, quemando inútilmente lo poco que tenemos y lo poco que estemos ahorrando los ciudadanos de a pie…

Un ejemplo de lo que digo. Los Ayuntamientos españoles tienen una gigantesca deuda acumulada con sus proveedores de bienes y servicios, una cantidad monstruosa de dinero. Muchas empresas han ido a la quiebra por ese motivo. ¿No sería lógico empezar a pagar esa deuda? Pues no señor… se trata de trabajos ya realizados y, por tanto, ese pago “no luce”. De modo que el gobierno ha tenido una ideíca, que consiste en dar dinero a los Ayuntamientos (contra deuda pública del Estado) para que gasten más todavía, y así “relanzar la economía”… ¿Para qué se utiliza ese dinero?... pues aparte de para lo que sabemos todos, para cualquier otra tontería. En el caso de Madrid, el Alcalde –que lleva el derroche en los genes- ha decidido ejecutar (entre otras) una obra imprescindible, largamente deseada por los madrileños, una inversión productiva donde las haya: va a cambiar de ubicación la estatua de Colón… la estatua estuvo hace años en medio de la Castellana y la desplazaron cien metros, a una plaza adyacente, para favorecer la circulación… pues ahora irá de vuelta al centro de la Castellana... Cristóbal para arriba, Cristóbal para abajo… a ver si por lo menos le dejan señalando a América.

Mientras unos están ahorrando hasta en comida, los otros están gastando a manos llenas el dinero, empezando por el que ahorran los primeros…¡a gastar hombre, a gastar, que no se respire miseria…! ¡Y que se mueran los feos!

Ya me ha dado el ataque otra vez... ¿qué estaba diciendo? ah, sí, las uvas de ira… un buen libro.

jueves, 21 de mayo de 2009

Stefan Zweig: "Fouché. El genio tenebroso"


Para celebrar que empieza una nueva campaña electoral, hablaré sobre un libro que me regaló un amigo por Reyes y que estaba desde entonces en la lista de espera de acceso al blog. Se trata de la biografía de un político francés de la época de la Revolución, José Fouché, escrita por un autor reconocido por su propia obra de ficción, Stefan Zweig.

En la versión resumida de la Revolución Francesa que se nos enseña en el colegio no aparecía este personaje por ningún lado. Quizás en la propia Francia sea más conocido. Pero se trata de una laguna que debe llenarse, pues en José Fouché encontramos al político genuino, al político perfecto, al político total.

La carrera política de Fouché comienza durante el reinado de Luis XVI, continúa durante todo el período revolucionario, sigue con el Imperio de Napoleón, llega hasta la restauración monárquica, y todavía le da tiempo a servir de nuevo a Napoleón, en el tiempo que transcurre entre que éste vuelve de su primer destierro en la isla de Elba y su derrota definitiva en Waterloo.

Fouché fue de los escasos políticos relevantes que no perdieron la cabeza bajo la guillotina en ese período tan convulso. Y lo consiguió gracias a un apego sobrenatural al poder, y a su excepcional intuición para colocarse siempre en la posición más adecuada. El juego era muy peligroso: se situaba a la cabeza de las corrientes políticas emergentes, y, a medida que éstas perdían su vigor, se iba deslizando suavemente hacia posiciones críticas, movimiento que le convertía en un disidente … justo a tiempo para enlazar con la cabeza de la nueva corriente emergente, y le permitía colaborar con la liquidación de la precedente.

Fouché era un verdadero maestro de la política. Cualquier político que conociese este libro lo adoptaría –o debería hacerlo- como manual de cabecera y consulta; seguro que muchos, disimuladamente, ya lo tienen.

Aquí transcribo unas líneas del libro, referidas al momento en que Napoleón vuelve de su destierro en la isla de Elba, que resumen en pocas palabras la trayectoria de Fouché:

Con la misma repugnancia vuelve a tomar Napoleón a su servicio a Fouché. Hace diez años que conoce a este carácter de reptil y sabe que no sirve a nadie en el fondo y que sólo se deja arrastrar por su pasión por el juego político. Sabe que este hombre le verá caer con la más glacial indiferencia y le abandonará en el momento más peligroso, exactamente igual que abandonó a los girondinos, a los terroristas, a Robespierre y a los termidoristas; exactamente igual que abandonó y traicionó a Barras –su salvador-, al Directorio, a la República y al Consulado. Pero le necesita, o cree necesitarle. Así como Napoleón fascina a Fouché con su genio, igualmente, reiteradamente, fascina Fouché a Napoleón con su actitud.

Y aquí os pongo otras líneas más del libro, tomadas de unas páginas más avanzadas, cuando Napoleón se encuentra ya en su definitivo destierro de Santa Elena. En ellas se describe la psicología del personaje:

Pero pretender que Fouché entrara en el ministerio de Napoleón pagado de antemano como espía de Luis XVIII es despreciarle miserablemente, y, sobre todo, supone un absoluto desconocimiento de su magnífica complicación psicológica, de lo misterioso y demoníaco de su carácter. No es que Fouché, amoral y maquiavélico perfecto, hubiera sido incapaz, en un momento dado, de esta traición (como de cualquier otra); pero semejante bajeza era demasiado simple, demasiado poco atractiva para su genio de jugador audaz. Engañar burdamente a un hombre, aunque sea a Napoleón, no va bien con su estilo. Su único placer es engañar a todo el mundo, no dar seguridad a nadie y atraerlos a todos, jugar con todos y contra todos a la vez, no obrar nunca de acuerdo con premeditados proyectos, sino siguiendo el impulso de sus nervios, ser un Proteo, dios de la metamorfosis, no un Franz Moor, un Ricardo III, un intrigante consecuente; sólo el papel brillante, lleno de sorpresas, entusiasma a su naturaleza apasionada de diplomático. Ama las dificultades precisamente por las dificultades mismas, y las aumenta artificialmente a un grado doble, cuádruple; no es el simple traidor: es múltiple, transversal, es un traidor nato. Y así pudo decir de él quien más a fondo le conocía, Napoleón, en Santa Elena, con palabra profunda: “¡Sólo un traidor verdadero, perfecto, he conocido: Fouché!”

Pues nada, feliz campaña electoral a todos…

sábado, 9 de mayo de 2009

Tres autobiografías: Fest, Grass & Ratzinger

Continuando con la cuestión suscitada en los comentarios a la entrada sobre Lübeck (del día 27 de noviembre de 2008), voy a comentar las autobiografías publicadas por los personajes que salían allí a relucir. Los autores y los títulos de sus libros, por orden cronológico, son:

Joseph Ratzinger: “Mi Vida”, 1997
Günter Grass: “Pelando la cebolla”, 2006
Joachim Fest: “Yo no: recuerdos de niñez y juventud", 2006 (título traducido en España como “Yo no: El rechazo del nazismo como actitud moral”).

Añado algunos vínculos para quien desee información adicional sobre Grass y Fest, y sobre los hechos de los que hablo en esta entrada: una referencia a la vida y obra de Grass en la página oficial de los Premios Nobel (inglés), el obituario que se publicó sobre Fest en la revista Der Spiegel (alemán), biografía de Fest (español), y noticia periodística sobre la polémica suscitada entre ambos (español). Naturalmente, puede encontrarse mucha más información en internet.

Se trata de tres personajes conocidos, cuyo posicionamiento personal en la época nazi fue muy debatido hace dos o tres años, al menos en Alemania. Grass y Fest fueron los protagonistas indiscutibles de esta discusión, que a Ratzinger sólo alcanzó de pasada.

Joseph Ratzinger no necesita mucha presentación: es el actual Papa Benedicto XVI.

Günter Grass es un escritor reconocido (Premio Nobel de Literatura en 1999), representante del pensamiento de izquierda en Alemania.

Y Joachim Fest fue un historiador especializado en la época nazi (autor, por ejemplo, del libro en el cual se basa la reciente película “El hundimiento”, sobre los últimos días de Hitler), y director durante muchos años de uno de los principales periódicos de Alemania, el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Ha sido un representante del pensamiento liberal-conservador en Alemania; falleció en septiembre de 2006, coincidiendo con la publicación de su autobiografía.

Los tres personajes nacieron en un intervalo de tiempo inferior a un año: Fest en Berlín, en diciembre de 1926; Ratzinger en un pueblecito de Baviera, en abril de 1927; y Grass en Danzig (actualmente Gdansk, Polonia) en octubre de 1927. De modo que durante los dos últimos años de la segunda guerra mundial (1944 y 1945), los tres tenían entre 17 y 18 años.

Los dos primeros (Ratzinger y Grass) se conocieron poco después de terminar la guerra, al coincidir brevemente en un campo de prisioneros americano. Los dos segundos (Grass y Fest), fueron rivales durante muchos años como representantes públicos de corrientes políticas opuestas.

En realidad, la polémica generada entre Grass y Fest, a cuento de las autobiografías que ambos publicaron en 2006, fue la manifestación de su vieja rivalidad política preexistente.

Curioseando un poco internet (en los vínculos que he puesto más arriba, y en algunos otros) se descubre un debate que se produjo entre Fest y la izquierda en general sobre el origen del nazismo, que nos sirve como ejemplo de esa rivalidad.

Hablando genéricamente, se puede afirmar que la izquierda suele atribuir a la organización o estructura económica de las sociedades un papel determinante en la evolución histórica, mientras que la derecha tiene más tendencia a reconocer el papel determinante que puedan desempeñar determinados individuos excepcionales en el curso de la historia. En el caso del nazismo, se reproducían estas visiones contrapuestas: la izquierda (Grass) atribuía su origen a causas económicas -la Gran Depresión que siguió al crack del 29, la hiperinflación subsiguiente-, mientras que la derecha (Fest) lo atribuía a la personalidad magnética de Hitler y a su capacidad para generar en el pueblo alemán una ilusión colectiva.

Así las cosas, cuando Fest dirigía el Frankfurter Allgemeine Zeitung decidió publicar una serie artículos escritos por historiadores de diferentes tendencias políticas, que ofreciesen las distintas versiones que existían sobre el origen del nazismo; uno de los elegidos por Fest fue un tal Ernst Nolte, que pasaba por ser un representante de la extrema derecha. En su artículo, Nolte sostenía que el nazismo se había originado por motivos estrictamente políticos, como una reacción frente al comunismo en Rusia; la izquierda consideró que esta teoría pretendía justificar el nazismo, que era “revisionista”, y atacó a Fest como responsable último de la publicación del artículo. Otros trabajos de Fest, como una biografía de Albert Speer (el arquitecto preferido de Hitler, y Ministro de armamento durante la guerra), también fueron muy criticados por la izquierda, que los consideraba cuando menos condescendientes con la época nazi.

Vistos estos antecedentes, repasemos las autobiografías de estos personajes por orden cronológico.

En 1997 se publicó la autobiografía de Ratzinger.

En ella habla fundamentalmente de su evolución teológica y de su carrera en la jerarquía eclesiástica, y muy poco de su etapa de juventud –que es la que me interesa para este comentario-. Cuenta que su padre era polícía de profesión, ferviente católico y contrario al nazismo. Si bien era policía, sus creencias personales no le planteaban demasiados problemas en su servicio al Estado, pues como vivían en un pueblo pequeño y partidario por completo del nuevo régimen, no se le presentaba la ocasión de actuar en contra de sus convicciones (no había por allí enemigos políticos o judíos a quienes perseguir).

Ratzinger estuvo afiliado a las Juventudes Hitlerianas (pues era obligatorio al llegar a una cierta edad), luego se incorporó al servicio de defensa antiaérea (primer destino de los chicos de 17 años), y finalmente fue llamado a filas en el ejército (después de negarse a ser “voluntario” en las SS, alegando su condición de seminarista).

De su estancia en el campo de prisioneros americano después de la guerra no cuenta nada, sólo cita el episodio muy brevemente. No menciona que coincidiese allí con otro soldado llamado Günter Grass.

Ratzinger se manifiesta como un opositor al régimen nazi por motivos religiosos (al igual que su padre), oposición que apenas pasó de una mera negación intelectual.

De su libro destacaría dos ideas interesantes. Por un lado, la noción del nazismo como religión –y no sólo como movimiento político-, que albergaba la pretensión de “descontaminar” a Alemania de una religión no germánica (el cristianismo, de origen judío nada menos), que debía ser eliminada.

Y por otro lado, me ha llamado la atención una frase que utiliza al hablar sobre la relación entre la escuela confesional (católica) y la escuela pública (nazi), y sobre la defensa que los obispos intentaron realizar de la primera frente a la segunda, al principio del nuevo régimen, alegando la vigencia y debida aplicación del Concordato. Cuenta Ratzinger que esa defensa no tuvo éxito, por encontrarse ya ganados para el régimen la mayor parte de profesores y alumnos, y al explicar esta situación dice lo siguiente: “Ya entonces empecé a darme cuenta de que con la lucha en defensa de las instituciones, [los obispos] desconocían en parte la realidad. Porque, en efecto, la sola garantía institucional no sirve para nada, si no existen las personas que la sostengan con sus propias convicciones personales”. Me parece una idea interesante y de aplicación universal, más allá del mundo religioso.

En cualquier caso, la autobiografía de Ratzinger pasó desapercibida cuando salió en 1997, pues aunque fuera ya entonces un personaje muy importante dentro de la Iglesia, no era Papa.

La polémica se desencadenó en el año 2006, cuando se publicó la autobiografía de Grass.


En ella confesaba que, en su juventud, había sido un nazi convencido, que había pertenecido a las Juventudes Hitlerianas (algo obligatorio, como antes decía), que a los 17 años se había alistado voluntariamente, y que había servido en una unidad de las Waffen-SS (que era la rama militar de las SS; conviene precisar que las Waffen-SS eran unidades que en su gran mayoría servían en el frente, y nada tenían que ver con las unidades de la SS que custodiaban los campos de concentración; salvo que, en última instancia, pertenecían a la misma organización del partido nazi, y no al ejército regular). Cuenta Grass en el libro que se había presentado voluntario para servir en los submarinos, pero que acabó destinado en las SS sin haberlo pretendido.

A esas revelaciones contestó Fest (que tenía con Grass sus cuentas pendientes, como antes hemos visto) criticando a Grass no tanto que hubiese pertenecido a las Waffen-SS con 17 años, sino que, en edad adulta y durante 60 años (en los cuales se había erigido como referencia moral en Alemania), hubiese ocultado las convicciones nazis que había tenido en su juventud.

Ese mismo año 2006 publicó Fest también su autobiografía (supongo que ya la estaría preparando, no creo que la publicase como respuesta a la de Grass), en la que cuenta sus propias experiencias durante esos años de la guerra.


En cuanto a estos dos libros de la polémica (dejando ya a un lado el de Ratzinger), desde el punto de vista literario diría que es mejor el libro de Grass. Va desmenuzando su vida poco a poco, profundizando en sus recuerdos como si pelase una cebolla (de ahí el título de la obra), capa por capa. Apenas se reconoce en su época de juventud, por lo que cuenta su vida en tercera persona, como si se tratase de otro. El libro de Fest, en cambio, es mucho más preciso en la descripción de los hechos, tanto sobre detalles personales como sobre las ideas propias y ajenas; sin duda es un reflejo de su condición de historiador, frente al novelista que es Grass.

Grass nos cuenta su evolución personal, desde los primeros recuerdos en su Danzig natal, hasta que comenzó a triunfar como escritor. El tema de su pasado político no tiene demasiada relevancia en el conjunto del libro, lo que prima verdaderamente es el relato que hace de muchas intimidades de su vida, de su familia, de sus amores, etc…. Revela además la relación existente entre muchas experiencias personales suyas, y los acontecimientos o personajes que aparecen posteriormente en sus libros, por lo que resultará muy interesante la lectura de esta autobiografía a quienes conozcan ya su obra; a quienes, como yo, no se hubieran leído antes ningún libro de Grass, nos sirve para familiarizarnos con su bibliografía.

También parece un libro muy sincero, pues gran parte de las cosas que cuenta no le hacen quedar muy bien precisamente. Describe una mala relación con su familia –especialmente con su padre-, unas relaciones bastante egoístas con las mujeres, o un comportamiento no muy valiente mientras estuvo en el ejército.

Menciona con cierta reiteración un episodio en el que recuerda haber jugado a los dados con Ratzinger en el campo de prisioneros… es realidad es una anécdota con muy poca entidad y escasa conexión con el resto del relato, cuya repetición no se explica si no es porque quiere hablar de Ratzinger a toda costa (aunque lo haga sin citar su apellido), lo cual desprende un cierto tufillo a técnica comercial.

El libro de Fest es radicalmente distinto. Se centra únicamente en el período del nazismo, y apenas cuenta nada sobre su vida posterior. En realidad, habla fundamentalmente de su padre. Cuenta que su padre era un hombre muy involucrado en política en la época de la República de Weimar, católico, y que vio venir a Hitler como quien viene venir al demonio. Su padre se manifestó en contra de Hitler y por ese motivo le expulsaron del colegio donde trabajaba, y le prohibieron cualquier servicio al Estado. Pese a que la situación económica y social de la familia empeoró considerablemente, el padre se negó a dar su brazo a torcer –incluso aunque su esposa, y madre de Fest, así se lo pedía- por considerar al movimiento nazi como una ideología inmoral que merecía una oposición radical. Se negó a que sus hijos se afiliaran a las Juventudes Hitlerianas, lo que les acarreó todavía más problemas. Y siguió tratando como siempre a los amigos judíos de la familia.

Fest, por lo que cuenta, reprodujo la actitud crítica de su padre frente al nazismo y así lo exteriorizaba –aunque con prudencia- incluso cuando estuvo en el servicio de defensa antiaérea, y posteriormente en el ejercito. Al ejército se presentó voluntario para evitar que le alistasen “voluntariamente” en las SS, y aún así el padre, al enterarse, se lo reprochó duramente, pues consideraba que la guerra era cosa de Hitler y no de Alemania.

Conociendo estos antecedentes, se comprende mejor la reacción de Fest, al conocer que Grass, un cualificado representante de esa izquierda que le había estado acusando de simpatía o connivencia con los nazis, había formado parte en su día del mismo movimiento nazi que él y su familia había estado combatiendo cuando había que hacerlo.

La lectura de ambos libros resulta muy útil también para conocer la realidad de la época. Se trata, además, de los últimos testimonios directos que vamos a obtener, por la edad que van teniendo quienes vivieron aquellos tiempos turbulentos.

El libro de Grass nos ayuda a entender los motivos que pudieron llevar al ciudadano alemán corriente, a personas buenas y razonables que no eran sádicos ni criminales, a creer en el nazismo. Y el libro de Fest nos muestra cómo las personas con una cierta formación política o intelectual previa –ya fueran de izquierdas o de derechas- pudieron detectar perfectamente la amenaza totalitaria que se cernía sobre Alemania, pero no pudieron evitar su triunfo –caso de haberlo pretendido-, al inclinarse las masas de forma aplastante a favor del movimiento nazi.

Ambos libros nos permiten también conocer la perspectiva alemana sobre algunos acontecimientos históricos, perspectiva que apenas suele asomar, oculta como ha estado -y probablemente sigue estando- bajo el peso de la vergüenza por la responsabilidad de la guerra. Por ejemplo, la sensación de angustia e impotencia al final del conflicto, rodeados por todas partes de enemigos que tenían poderosos motivos para odiarles, que se iban aproximando de todos lados y de los que no tenían escapatoria posible. O las gigantescas deportaciones de población alemana hacia el oeste (la familia de Grass, entre ellos) para ceder territorio a Polonia. O la forma en que se portaron los rusos con la población civil alemana en las zonas que ocuparon(tanto la familia de Grass como la de Fest se vieron afectadas), lo que probablemente condenó de antemano cualquier posibilidad que subsistir que hubiera podido tener esa fenecida República Democrática Alemana.

Resulta asimismo muy interesante la información que se nos ofrece sobre la cuestión judía. Cuenta Fest una curiosa anécdota que revela la visión que tenían los propios judíos del asunto en un principio: cuando el padre insistía a los amigos judíos de la familia que se fueran de Alemania mientras estuvieran a tiempo, le contestaban –con toda razón, aunque equivocadamente visto lo que vino después-, que ellos eran tan alemanes como él, que no tenían por qué marcharse, y que esa petición, aunque bienintencionada, coincidía justamente con lo que pretendía los nazis, que era su desaparición de Alemania. Esto ocurrió, claro está, en los primeros tiempos, antes de que comenzaran las persecuciones.

También pueden compararse las versiones de Fest y de Grass sobre el papel de los alemanes ordinarios, cuando comenzaron las deportaciones de los judíos a los campos de concentración.

La versión de Grass es que los alemanes no tenían conocimiento de nada, que nunca se supo lo que ocurría, que no se informó a la población. Lo que cuenta Fest es que su padre, ante la evidencia de que los judíos –entre ellos conocidos suyos- estaban siendo deportados, se preocupó por averiguar a dónde les llevaban y para qué (a través del servicio exterior de la BBC, y preguntando dentro del propio país), y llegó a saber que les estaban asesinando.

Sobre esta cuestión crucial citaré otro libro, “Si esto es un hombre” de Primo Levi (un judío italiano que sobrevivió a los campos). En un apéndice añadido en el año 1976, incluye una reflexión sobre este tema, que dice así “…pese a las varias posibilidades de informarse, la mayor parte de los alemanes no sabía porque no quería saber, o más: porque quería no saber. Es cierto que el terrorismo de Estado es un arma muy fuerte a la que es muy difícil resistir, pero también es cierto que el pueblo alemán, globalmente, ni siquiera intentó resistir. En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuesta. De esta manera, el ciudadano alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía suficiente justificación de su adhesión al nazismo: cerrando el pico, los ojos y las orejas, se construía la ilusión de no estar al corriente de nada, y por consiguiente de no ser cómplice, de todo lo que ocurría ante su puerta. Saber, y hacer saber, era un modo (quizás tampoco tan peligroso) de tomar distancia con respecto al nazismo; pienso que el pueblo alemán, globalmente, no ha usado de ello, y de esta deliberada omisión lo considero plenamente culpable.”

Esas palabras son muy duras, pero me parece reflejan la pura verdad. Afortunadamente, toda la capacidad y diligencia de los alemanes, que se puso entonces al servicio de aquellos fines de destrucción, está hoy volcada en la dirección completamente contraria, y Alemania representa la mejor garantía de la democracia y la libertad en Europa.

Volviendo a los libros, y ya para terminar, hay otro aspecto de la discusión entre Grass y Fest que merece la pena destacar. A primera vista, parece que nos encontramos ante un simple debate (uno más) entre una persona de izquierdas y otra de derechas. Pero si profundizamos en el asunto, creo que podemos sacarle un poco más de jugo a la situación. Observemos que la confrontación se produce entre una persona que primero fue nazi y luego de izquierdas (caso de Grass), y otra que se mantuvo siempre firme en una misma posición política, una ideología que podríamos llamar liberal-conservadora (caso de Fest; casualmente, fest en alemán significa precisamente “firme”).

Desde una perspectiva política, podría aplicarse a Grass esa expresión tan común: que fue un “hombre de su tiempo”; como la mayoría de sus compatriotas, fue nazi en los años 40 y de izquierdas en los años 60 y siguientes.

Fest, en cambio, mantuvo una opinión opuesta a la mayoría de sus compatriotas durante casi toda su vida, tanto en la época nazi como en la época posterior, mereciendo que encabezaran su obituario con las palabras “Der stolze Einzelgänger”, esto es, “el orgulloso solitario”.

¿Qué actitud es más encomiable? ¿La capacidad de adaptación de Grass, o la firmeza de Fest? Supongo que ambas actitudes podrían considerarse, en si mismas, “virtuosas”, pero se me ocurre una importante diferencia entre ambas, y es la siguiente: las personas del tipo “adaptable” (Grass) difícilmente pueden cambiar la sociedad, ya que es la sociedad quien les cambia a ellos; son las personas del tipo “firme” como Fest (carácter atribuible también, a buen seguro, a gente como Hitler, o Lenin, etc...) las que pueden cambiar el mundo, ya sea para bien o para mal. Los primeros, los adaptables, serán magníficos ejecutores de los cambios que provoquen los segundos, los firmes. Y unos y otros actuarán correctamente sólo en función de la justicia de la causa a la que sirvan, ya sea como creadores de ella o como adheridos a la causa creada.

La situación admite, finalmente, un análisis filosófico. No me siento capaz de realizarlo por falta de base teórica, pero sí puedo dejar apuntada esa posibilidad gracias a un librito magnífico que me he leído recientemente –y algún otro día comentaré-, que me ha servido para refrescar conceptos que tenía completamente olvidados desde el colegio.

Relacionando las actitudes personales que antes he diferenciado, con las formas de adquisición del conocimiento humano según la filosofía clásica, podemos entrar de lleno en el debate entre Platón y Aristóteles, o entre el idealismo y el materialismo. Si entre los lectores hay algún filósofo emboscado, le animo a que realice los comentarios oportunos.

martes, 7 de abril de 2009

Irfan Orga: "Retrato de una familia turca"

Tengo muchas entradas pendientes de escribir sobre libros… su número se mantiene más o menos estable, pues a esa etérea categoría se van incorporando los últimos libros que me voy leyendo, y la abandonan, quizás para siempre, los precedentes que voy olvidando…

Hoy dedicaré la entrada a un libro que me acabo de terminar, que de este modo se salta la cola y se adelanta a todos los demás que, paciente y ordenadamente, esperan su turno.

Se trata de la historia real de una familia turca, como su título bien indica, que se nos cuenta por uno de sus miembros –el hijo mayor- en forma autobiográfica. El relato comienza en Estambul, en el año 1914, cuando su autor tenía 6 años, y se extiende hasta el año 1940.

Como en otras ocasiones, prefiero no hablar sobre su contenido concreto para no perjudicar el interés de quien se anime a leerlo; sólo diré que es una historia bien ajetreada, de esas que no te dejan indiferente.

Lo que quería destacar de este libro es lo tremendamente útil que resulta para comprender el origen de la Turquía moderna y, en especial, para entender esa extraña dualidad que caracteriza al país (al menos desde el exterior), en el cual parecen coexistir una cultura laica y moderna (“occidental”, podríamos decir), y una cultura islámica y medieval propia de Oriente Medio.

A través del libro, y como un telón de fondo de la historia familiar, conocemos cómo, tras la derrota de Turquía en la Primera Guerra Mundial (en la cual participó del lado de Alemania), surgió el movimiento dirigido por Mustafá Kemal, conocido como Ataturk o “padre de los turcos”. Este personaje funda la moderna República turca y trata de reemplazar la cultura tradicional del Sultanato por los rasgos culturales y políticos comunes en los países europeos, tanto en aspectos sustantivos (sustitución de la ley islámica por una Constitución de corte occidental, emancipación de la mujer, sustitución del alfabeto árabe por el latino, introducción de los apellidos en la identificación de las personas...) como en otros aspectos puramente formales (prohibición del velo, implantación de la vestimenta occidental…)

Mustafá Kemal gozaba de un gran prestigio, y gracias a ello pudo imponer unas reformas tan radicales como las que promovió; no obstante, las costumbres consolidadas durante siglos no cambian tan fácilmente, y las tradiciones anteriores no desaparecieron. Hoy en día (esto ya no lo cuenta el libro, lo ve uno en las noticias), parece que el péndulo oscila en la dirección contraria y vuelve la hora de los islamistas.

Resulta llamativa, en este sentido, alguna afirmación contenida en el libro (publicado en 1950), en la que el autor nos habla del velo como una tradición antigua, que se había conseguido desterrar de las calles de Estambul…

Todas estas cuestiones tienen interés en el debate actualmente abierto en torno a si procede o no que Turquía ingrese en la Unión Europea. Para formarse una opinión en esta discusión, no está de más conocer que Turquía tiene dos caras muy distintas. No en vano, por este lado de acá Turquía linda con la Unión Europea (Grecia), pero por el lado de allá tiene fronteras con Irán y con Irak, nada menos. Y sospecho que la incorporación a la Unión no debe ser tampoco una cuestión unánimemente aceptada en la propia Turquía.

En fin, dejando la geopolítica mundial para los grandes estadistas y volviendo al libro, el relato termina, como antes decía, en el año 1940, pero su autor no fallece hasta 1970. Al tratarse de una autobiografía, el relato quedaría algo cojo si no fuese por un interesante epílogo escrito por su hijo en el año 1988, en el cual nos cuenta el resto de la vida de su padre.

La edición que me he leído contiene ese epílogo del hijo, que evidentemente no aparecerá en las ediciones que sean anteriores a 1988. Es recomendable tenerlo en cuanta, porque el epílogo vale la pena.

El libro se publicó en Gran Bretaña en 1950, y fue un éxito (así se afirma en el epílogo). El autor, Irfan Orga, publicó algo más, pero poco; nunca había oído su nombre.

Os preguntaréis a cuento de qué me he leído este libro tan raro… pues porque mañana a estas horas estaremos llegando a Estambul, donde pasaremos cuatro días. Efectivamente, el virus de Gulliver ataca de nuevo y nos vamos allí a pasar la Semana Santa, con unos amigos. A la vuelta colgaré aquí las correspondientes fotos, no sin dejar como anticipo una foto de la Wiki.

Aprovecharé esta ausencia para probar una funcionalidad del blog, la de publicar entradas automáticamente. He dejado programada una entrada para el viernes 10/04 a las 23h (hora española), veremos si sale.



viernes, 27 de marzo de 2009

Albert Camus: "La Peste"


En esta novela, escrita en 1947, se relata la historia de un brote de peste que tuvo lugar (supuestamente) en la ciudad de Orán (Argelia), en los años 40 del siglo pasado. El libro comienza con esta frase: “Los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año 194… en Orán.”

La novela cuenta esa historia como si fuese real y contemporánea. Por lo que he podido averiguar, la ciudad de Orán quedó diezmada en dos ocasiones por la peste (una vez en 1556, y otra en 1678). Tras la colonización francesa, se produjo un brote muy importante en 1849 y otros brotes más pequeños en el siglo XX, entre ellos uno en el año 1944 que provocó sólo 95 muertos. Es posible, por lo tanto, que Camus se inspirase en el brote de 1849 y lo trasladase temporalmente a 1944.

Se narran los efectos (principalmente sociales) que se producen en una ciudad, hasta entonces normal, cuando tras la repentina muerte de numerosas personas se diagnostica oficialmente la enfermedad, se ordena el cierre de las puertas de la ciudad, y sus habitantes quedan aislados del exterior. Al médico, que es el protagonista principal, las familias de los enfermos dejan de recibirle en sus casas con los brazos abiertos, como era la costumbre, sino que lo hacen con el rechazo natural hacia la persona que va a ponerles en cuarentena; el cura se ve en la necesidad de explicar a la población la aparición de esa enfermedad exterminadora, y conciliarla con la voluntad divina; el perseguido por la justicia descubre que el Estado tiene otras cosas por las que preocuparse, y recupera la tranquilidad; la persona que había venido a visitar la ciudad, ahora sólo desea salir de ella, etc….

Es un libro difícil de clasificar estilísticamente, al menos por alguien que sabe poco de literatura como es mi caso. Por un lado, parece integrarse en la corriente realista inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, si bien a diferencia de autores norteamericanos de esa época como Mailer (“Los desnudos y los muertos“) o Salinger (“El guardián entre el centeno”), conserva unas formas que recuerdan tiempos pasados, algo anticuadas. Por otra parte, por la idea de realizar la crónica de una historia “real” la obra parece una precursora de la corriente literaria del “nuevo periodismo”, que siguen (o crean) Tom Wolfe o el propio Mailer (“La canción del verdugo”, ya comentada anteriormente en este blog).

En resumen, es un libro interesante de leer, aunque tampoco como para tirar cohetes. Albert Camus recibió el Premio Nobel en 1957.

lunes, 16 de febrero de 2009

Aldous Huxley: "La Isla"

Llevo (también) un considerable retraso con la sección de libros, situación que me propongo enmendar en las próximas semanas. Veremos en qué queda el propósito. Por lo pronto, comenzaré con la reseña de un libro que conocí no hace mucho gracias al blog de Carol: “La Isla”, de Aldous Huxley.

Me voy a permitir la licencia de “autocopiarme”, reproduciendo en esta entrada el comentario que hice sobre este mismo libro en su blog: me resulta más cómodo y sigue siendo válido, pues no he cambiado de opinión.

Me gustan en general los libros en los que se realiza una reflexión sobre nuestra sociedad, bajo una forma de parábola o de cuento más o menos fantástico (tipo “1984”, “Animal farm”, “Fahrenheit 451”, “Un mundo feliz”, o “La Isla”). Carol los incluye bajo el concepto de “Ciencia-ficción”, pero tengo mis dudas sobre esa categorización. Yo los denominaría más bien libros de “Sociología-ficción”. Es cierto que suelen incorporar algún elemento científico ficticio (por ejemplo, la droga “soma” en “Un mundo feliz”), pero ese elemento no opera en la obra como la causa del problema social en cuestión. El elemento científico se utiliza, en realidad, como un aderezo de la historia que se cuenta, como un apoyo técnico que se emplea para apuntalar lógicamente los puntos esenciales que sostienen el relato. La ficción principal es la sociológica, sin perjuicio de que accesoriamente se acompañe de una ficción científica. En cualquier caso, el calificativo que le demos al libro es lo de menos.

Pienso que “La Isla” no pretende realmente contar una historia, sino exponer una idea; se realiza en el libro la descripción novelada de una sociedad perfecta, cuyo funcionamiento se nos expone con todo detalle a través de una persona occidental –el protagonista-, que llega a una isla de oriente tras un naufragio, y a quien los lugareños le obsequian con un extenso tour por la isla. Pero no le muestran monumentos o parajes naturales (como haríamos normalmente al recibir a una visita), sino la perfecta organización social que han creado, basada en los principios budistas.

Nuestro protagonista, dicho sea de paso, tiene la misión secreta de promover un golpe de Estado en la isla que conduciría a la destrucción de su organización social; lo cual no parece casual, sino una manifiesta alegoría de la naturaleza perniciosa que Huxley atribuye a la civilización occidental (al menos en este libro).

Con el libro me ha surgido una duda de tipo práctico: ¿existe una versión política del budismo, o Huxley ha imaginado por su cuenta el sistema político que narra en el libro, a partir de las ideas budistas relativas a la persona individual? Lo ignoro por completo.

La experiencia parece demostrar que no es posible la existencia de una sociedad perfecta en el mundo real. Por lo que se hace agradable vislumbrar en el libro una de sus posibles formulaciones, y mantener viva, al menos mientras dura su lectura, la esperanza de que pudiera llegar a ser cierta algún día.

Al terminar de leer el libro pensé que debía tratarse de una obra de juventud de Huxley, pues esto de imaginar sociedades perfectas parece característico de esa época de la vida. Pero Huxley escribió el libro ya mayor, poco tiempo antes de morir, por lo que se diría que se mantuvo joven de mente hasta el final.

miércoles, 7 de enero de 2009

Borges: "Historia de Rosendo Juárez"

En la entrada del día 19 de mayo de 2008 (a la cual pongo aquí un vínculo directo), comentaba un cuento de Borges titulado “Hombre de la Esquina Rosada”. En la propia entrada colocaba un vínculo a una página web donde está colgado ese cuento. El cuento trata sobre una reyerta de taberna, que le relata a Borges una de las personas que la presenciaron.

Pues bien, algún tiempo después de escribir esa entrada leí otro libro de Borges titulado “El informe de Brodie”, un libro de cuentos como muchos de los suyos. Para mi sorpresa, mientras leía uno de esos cuentos (“Historia de Rosendo Juárez” -que no he localizado colgado en internet-) descubrí que se hacía referencia en él a la misma riña tabernaria contenida en “Hombre de la Esquina Rosada”, sólo que en esta ocasión le era relatada a Borges por otro de los allí presentes.

Nos encontramos, por lo tanto, ante unos mismos hechos, pero contados desde las dos perspectivas diferenciadas que, inevitablemente, ofrecen dos personas distintas. ¡Me parece una fórmula magnífica! Y en manos de Borges, el resultado es magistral, naturalmente.

Comprobamos todos los días (sea en nuestra vida personal, sea al abrir el periódico) que unos mismos hechos son percibidos y valorados de forma radicalmente distinta por quienes participan en ellos, o simplemente los presencian. Una preocupante conclusión de esta circunstancia, perfectamente contrastada, sería que la percepción completa y absoluta de una realidad determinada no resulta alcanzable para ninguno de nosotros, si no es mediante la comprensión e integración de todas las percepciones individuales involucradas. Para nuestra realidad diaria, este método de conocimiento no parece factible, se me antoja demasiado exigente o arriesgado para el acomodaticio espíritu moderno. Pero como fórmula literaria, como diversión intelectual, para mí ha sido todo un hallazgo.

La historia de que la tratan estos cuentos, tomando sólo los puntos que ambos tienen en común, es la siguiente. Se encuentran en un bar un grupo de hombres, una banda cuyo líder es Rosendo Juárez, a quien todos consideran el más duro entre los duros. En esto que entra en el bar otro tipo, El Corralero, acompañado de algunos hombres. El Corralero reta a Rosendo Juárez, pero éste evita la pelea y huye. La chica de Rosendo Juárez, llamada La Lujanera, presencia la escena avergonzada y se termina yendo con El Corralero. Esta es la historia en esencia, de la que omito únicamente una pequeña sorpresa.

En “Hombre de la Esquina Rosada”, la historia se la cuenta a Borges uno de los hombres de Rosendo Juárez, un gaucho. Narra cómo ha sido testigo de la completa humillación de Rosendo Juárez, y con él de toda su gente. Aunque al final no resulta ser un espectador tan pasivo como a primera vista parece...

En “Historia de Rosendo Juárez”, es el propio Juárez quien le cuenta a Borges cómo fueron las cosas. No tuvo miedo ante el reto, simplemente tenía otros planes en su vida y no quería sacrificarlos por un desconocido y por una mujer que ya no le importaba, como le había ocurrido poco tiempo antes a un amigo suyo…

Me pregunto si existirá otra versión de la misma historia en la obra de Borges.

En conclusión, y como antes decía, me parece una técnica literaria magnífica y perfectamente viable para historias cortas con pocos personajes, que ofrece muchísimas posibilidades narrativas y que permite efectuar una descripción muy certera de la realidad, tal cual es, multipolar. Me parece extraño que no haya sido más utilizada, la verdad.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Henning Mankell: "El secreto del fuego"


“El secreto del fuego”, de Henning Mankell, es una historia de África. Todavía no he leído en un libro, ni visto en el cine, una historia sobre África que sea alegre o divertida; salvo, quizás, aquellas películas de Tarzán en blanco y negro que ponían los sábados a las cuatro en la tele, hace algunos añitos.

Este libro no es una excepción. Está ambientado en la incomprensible realidad africana del siglo XX. Y sin embargo, la sensación que te queda al terminar de leer esta historia no es la desesperanza habitual, sino una cierta satisfacción por el espíritu de lucha que se narra (que, además, es una historia real).

Esta peculiaridad del libro obedece, pienso, a que no está escrito desde una perspectiva occidental (la del misionero, viajero, periodista, etc… que relata las miserias de África), sino desde la perspectiva de una niña africana que tiene que salir adelante, a base de valor, en un entorno mucho más hostil que el que ninguno de nosotros tengamos que soportar.

Este libro ayuda a comprender otras cosas. Entre ellas, cómo puede alguien arriesgarse a entrar en el Atlántico en un bote de madera, con la esperanza de llegar a Europa.

Eso sí, recomiendo a quien se compre el libro que no se lea antes de empezarlo el pequeño resumen de la historia que viene en la contraportada.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Erasmo de Rotterdam: "Elogio de la Locura"


Me gusta mucho leer a los clásicos. Siempre que leo un libro antiguo me asombra, invariablemente, la vigencia de los conceptos o de las ideas que contiene. Nos creemos que lo hemos inventado todo, lo cual puede ser bastante cierto en el mundo de la tecnología –no de la ciencia básica-, pero no lo es en absoluto en el mundo del pensamiento. En ese apartado, vamos más bien para atrás.

“Elogio de la Locura” fue escrito muy probablemente en 1508 (fecha del prólogo). Así que cumple ahora 500 años. Se publicó por primera vez en 1511.

Erasmo fue un humanista del Renacimiento. El humanismo tuvo una vida más bien efímera, entre la época de cerrazón que supuso el teocentrismo medieval, y la época de cerrazón desencadenada tras el triunfo de las ideas de Lutero, con las guerras de religión que asolaron Europa (Reforma protestante y Contrarreforma católica).

Erasmo vivió durante la última etapa de este periodo humanista, coincidiendo con el momento en que Lutero comenzaba su labor. Al ser un personaje ya conocido y respetado en vida, le intentaron fichar para su causa los dos bandos que en ese momento se estaban organizando para la lucha: Lutero en persona por un lado, y el Rey Carlos V de España, a través de sus emisarios, por otro. Pero ni le convenció Lutero, ni le gustaba España, así que se mantuvo alejado del conflicto teológico los pocos años que le quedaron de vida. Permaneció en la iglesia católica, pero no se sumó al combate contra los protestantes.

En este contexto de transitoria libertad que supuso el humanismo, escribió “Elogio de la Locura”. No fue un libro “normal” desde el principio. Erasmo dedicó toda su vida a escribir sesudas obras sobre teología, comentarios a las obras de los padres de la Iglesia, traducciones de la Biblia, etc… Pero un buen día viajó a Inglaterra a visitar a Tomás Moro (humanista como él y amigo personal), y allí, medio en broma medio en serio, se les ocurrió la idea de hacer un libro como éste. Erasmo lo escribió después en pocas semanas.

El libro se lee muy fácilmente, pero es complicado de interpretar. En la época le causó muchos problemas a Erasmo, que se vio continuamente en la necesidad de explicar sus verdaderas intenciones al escribirlo. Es habitual por ese motivo que el libro venga editado junto con una carta que escribió Erasmo poco después a un amigo suyo (Martin Dorp), ofreciéndole esas explicaciones frente a las protestas que le transmitían, a través de su amigo, eminentes teólogos. Por otra parte, al propio Erasmo no le terminó de gustar el triunfo que tuvo este pequeño libro desde el primer momento, pues amenazaba ya entonces con eclipsar el resto de su obra (de hecho, hoy en día ya no se edita la mayor parte de la obra de Erasmo, sólo este libro que comento y algunos pocos más)

Y es que el libro tiene tela. Formalmente, es la Locura quien toma la palabra y quien se dirige a si misma un elogio, poniendo de relieve su triunfo en el mundo a través de las distintas manifestaciones de la actividad humana donde cabe reconocer su presencia –con una referencia muy especial a la iglesia y los teólogos-. Al ser la Locura quien habla, hay que entender que el autor de la obra no defiende las ideas que se plasman en el libro, sino justo las contrarias; y que está descalificando en realidad las opiniones que se vierten, pues se parte de la base de que es la Locura quien las emite. Sin embargo, la ideas de la Locura están tan bien escritas, tan bien fundamentadas… que a cualquier teólogo de la época le tenía que entrar la duda razonable sobre si Erasmo en realidad no estaba pensando de verdad lo que ponía en boca de la Locura. Lo cual es más que posible, naturalmente.

Transcribo a continuación un par de fragmentos. Este primero, para que veáis a lo que me refería cuando hablaba de la vigencia de los clásicos, no me digáis que no resulta de perfecta aplicación a la España de hoy:

“Muy semejante a éstos [los cazadores] es la clase de gente que arde en deseos de construir casas, cambiando de pronto lo redondo en cuadrado, y lo cuadrado en redondo. No ven fin ni medida a nada hasta que caen en la suprema indigencia, sin que les quede dónde vivir, ni de qué comer. ¿Qué les importa? ¡Que les quiten lo bailado, entretanto, han disfrutado unos años de gloria!"

Y otro fragmento, de aplicación eterna:

“Trataré de ilustrar lo que digo, no con entimemas de los estoicos, sino con un ejemplo conocido. ¿Hay acaso, ¡por los dioses inmortales!, seres más felices que esos hombres que el vulgo llama payasos, tontos, fatuos y locos de remate, apelativos todos ellos espléndidos, a mi parecer? Quizás lo que digo pueda parecer a primera vista estúpido y absurdo, pero de hecho es una gran verdad. Ya, de entrada, esta clase de personas no siente miedo ninguno a la muerte, mal no pequeño, por cierto; se ven libres del aguijón de la conciencia. No les amedrentan las historias de los muertos. Tampoco les aterran los espíritus ni espectros. No les turba el temor de males inminentes, ni les saca de sus casillas la esperanza de bienes futuros. En suma, les dejan impasibles los mil y un problemas que ofrece la vida. Carecen de vergüenza, de miedo, ambición, odio o amor. Finalmente, si creemos a los teólogos, cuanto más se acercan a la irracionalidad de los animales, menos capacidad tienen de pecar.

Hora es ya de que me cuentes, sabio estúpido, los días y las noches que pasas atormentándote con tus problemas. Haz un recuento de todos tus males y entonces te darás cuenta de los que yo he quitado a mis queridos insensatos. Añade a esto que siempre están contentos, jugando, cantando, riendo, y –donde quiera que van- reparten alegría, bromas, pasatiempo y risas. Tal parece la función que la bondad de los dioses les ha encomendado: alejar de la vida humana la tristeza. Todos, en efecto, los acogen por igual como algo suyo, mientras a los demás les unen sentimientos muy diversos. Se les acepta siempre, se les busca, se les acoge, se les abraza y ayuda cuando lo necesitan, y se les permite decir y hacer impunemente lo que les venga en gana. Nadie piensa en hacerles mal, pues ni siquiera las fieras más salvajes, como intuyendo instintivamente su inocencia, se atreven a herirles; son algo sagrado para los dioses, y sobre todo para mí. ¡Nadie considera injusto el honor que se les dispensa!”

sábado, 18 de octubre de 2008

Allan y Barbara Pease: "Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas"


Me cuelo en el blog de Víctor, recogiendo el guante que me ha lanzado, para hacer un comentario de un libro que me he leído: “Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas” de Allan y Barbara Pease.

Hacía tiempo que me lo quería leer, aunque no sabía realmente de qué iba. A primera vista y basándome en el título me parecía que podía ser una parodia de los estereotipos más frecuentes aplicables a hombres y a mujeres, seguramente lleno de lugares comunes y chistes fáciles. En cuanto empiezas, te das cuenta que es más que eso. El libro trata de exponer con datos científicos (aunque en lenguaje llano) en qué los hombres y las mujeres, hablando en términos generales, somos distintos y explicar porqué.

Un primer punto a favor del libro es precisamente esa visión científica. Hacer un listado sobre lo que hace el sexo contrario puede ser muy fácil y en alguna una charla de café más de uno habrá hecho alguna vez un catálogo sobre si los hombres son tal cosa o si las mujeres hacen tal otra. Sin embargo, no se queda ahí. Efectivamente, parte de la descripción de conductas o características propias de cada sexo fácilmente reconocibles en nuestro día a día (lo que sería nuestro catálogo de café), que son objeto de análisis, utilizando estudios, bibliografía, etc., para llegar a una serie de conclusiones sobre porqué actuamos de esa determinada manera.

No obstante, mi apreciación inicial no estaba del todo desencaminada. Claramente, está escrito en tono cómico. Y realmente consigue sacarte una risa de vez en cuando. Otro punto que hace que la lectura sea recomendable.

Además, para los que os gusta leer en transporte público y queréis libros manejables, éste lo es. Como hace tiempo que lo editaron (1999) ya existe edición de bolsillo. Tiene 11 capítulos más bien largos pero divididos en subtemas más cortos. Para describir los temas muchas veces utilizan situaciones con una base real, aunque seguramente adornadas, pero como digo plenamente identificables. Todo ello lo hace adecuado para leerlo en trayectos cortos, sin que se pierda el hilo.

Pero lo que más me ha gustado del libro es que trata por igual a ambos sexos, poniendo de relieve las pequeñas “manías” o “defectillos” de cada uno de ellos (y, por supuesto, también sus virtudes). Está escrito por un matrimonio, especializado en temas de diferencias de género, relaciones humanas, etc. Ellos mismos se colocan como protagonistas de algunas de las escenas descritas en el libro, lo que pone de relieve una gran capacidad de autocrítica. Normalmente cuando hacen un chiste sobre uno de los géneros pocas líneas más abajo o en la página siguiente te encuentras uno sobre el sexo contrario. Para los que lo leáis, a mí me hicieron especial gracia dos dibujos en los que viene representado gráficamente a qué destinamos cada uno de los géneros el cerebro.

Este tratamiento hace al libro, a mi entender, especialmente “sano” ya que no solamente permite reírnos del sexo contrario, cuyas manías podemos sufrir, sino también mirarnos a nosotros mismos y vernos identificados en lo que otros ven como manías. Los que no tengan capacidad para reírse de uno mismo mejor absténganse de leerlo, ya que les harán gracia las descripciones de los defectos del sexo contrario, que encontrarán tronchantes, pero en cambio se sentirán profundamente ofendidos con lo que entenderán como la “burla” que se haga de los propios.

Hoy en día el de los sexos es un tema delicado. De hecho, el libro pone de relieve que algunas empresas mostraban reticencias a dar datos relativos a porcentajes de mujeres trabajando en las mismas y datos similares, o no querían que aparecieran sus nombres citados, por temor a que se tildara su política de personal como de machista o sexista. No pretendo polemizar sobre este tema, del que habría muchísimo que hablar. Para mí, lo realmente importante es que pone el acento en que los hombres y las mujeres somos iguales en derechos, pero diferentes biológicamente. Y el ser biológicamente distintos no nos hace perder legitimidad para tener esos mismos derechos. Simplemente, cada uno de los sexos considerados en términos generales es más apto para realizar determinados tipos de trabajos, enfocan o exteriorizan sus problemas de manera distinta y tienen preferencias o gustos diferentes.

Además, el libro deja una puerta abierta a la esperanza, ya que deja claro que aquellas habilidades para las que estamos menos predispuestos se pueden entrenar. Yo, por ejemplo, ya casi sé leer los mapas y puedo llegar a los sitios…. sobre todo, si enciendo el GPS, je je ;-)

CLARA.


sábado, 20 de septiembre de 2008

Alain de Botton: "El arte de viajar"


El título y subtítulo de este libro sugieren que tendrá por contenido un listado de lugares a visitar, una relación de hoteles y restaurantes buenos y baratos, unas recomendaciones prácticas para el viaje (dónde llevar el dinero, qué seguros médicos contratar, posibles utilidades de una navaja multiusos, etc…), en fin, cosas de ese estilo. Aunque sospechaba que, viniendo la recomendación de mi tía Mati, no iba a ser algo tan simple.

Efectivamente, mi sospecha era cierta, y así lo pude confirmar ya en la propia librería, cuando después de buscar infructuosamente el libro durante un buen rato -por mi cuenta y sin preguntar, por supuesto-, y tras pedir finalmente auxilio, me condujeron a la sección de ¡psicología!

El libro no contiene una historia con principio y final, se trata más bien de un ensayo que desarrolla una misma idea a lo largo de varios capítulos. Comienza con una situación paradigmática: el autor, un inglés que lleva meses soportando en su país el frío y la lluvia del invierno, abre el folleto de una agencia de viajes y se topa con la foto del paisaje soñado en esas circunstancias, esto es, una playa soleada con palmeritas. Cae en esa tentación irresistible y una buena mañana está despertándose con su novia, en un bungalow, junto a la playa que ha visto en la foto.

Pero una vez en ese paraíso advierte que su mente no se ha desplazado a la misma velocidad que su cuerpo, que no ha dejado sus preocupaciones en Londres. A partir de ese punto desarrolla la idea central del libro: que nuestro estado de ánimo se encuentra condicionado principalmente por factores psicológicos internos, y no por las circunstancias materiales externas que nos rodean.

Dicha idea se refiere, como es evidente, a la misma naturaleza humana, por lo que su alcance excede con mucho del hecho concreto de viajar. El libro va desmenuzando todas las implicaciones de esa proposición, centrándose para ello en la específica actividad del ser humano que es “viajar”. En cada capítulo sigue como hilo conductor un viaje hecho por el autor –incluido uno a Madrid-, y comenta algún libro de viajes escrito en el pasado. Pero las reflexiones que contiene el libro y las conclusiones a las que llega son, como la idea de fondo que analiza, susceptibles de aplicación general y no limitadas al hecho de viajar. Por eso lo tenían en la sección de psicología, y no en la de viajes o narrativa.

Como un ejemplo vale más que mil palabras, transcribo unos párrafos del primer capítulo para que comprobéis a qué me refiero (aquí cuenta el autor una pelea que tuvo con la novia –a la que identifica como “M”- al poco de llegar a ese destino que se prometía tan feliz)

Nuestra miseria de aquella tarde, en la que el olor de las lágrimas se mezclaba con el de la crema solar y el aire acondicionado, servía de recordatorio de la rígida e implacable lógica a la que parecen someterse los estados de ánimo humanos, y que nos permitimos el lujo de ignorar, por nuestra cuenta y riesgo, cuando nos topamos con una fotografía de un hermoso paraje e imaginamos que la felicidad no podrá menos de acompañar semejante maravilla. Nuestra capacidad de encontrar la felicidad en los bienes estéticos o materiales parece depender, de manera decisiva, de la previa satisfacción de un repertorio de necesidades emocionales y psíquicas más importantes, entre las cuales figuran la necesidad de comprensión, de amor, de expresión y de respeto. No gozaremos –somos incapaces de gozar- de exuberantes jardines tropicales ni de apetecibles cabañas de playa de madera si, de forma abrupta, una relación íntima se revela inundada por la incomprensión y el resentimiento.

Si nos causa sorpresa la capacidad de un simple enfado para destruir los efectos beneficiosos de todo un hotel, es porque no alcanzamos a entender de veras qué es lo que mantiene en pie nuestro estado de ánimo. De nuestra tristeza hogareña echamos la culpa al tiempo y a la fealdad de los edificios, pero en la isla tropical, después de una discusión en un bungalow de rafia bajo el cielo azul, aprendemos que el estado de los cielos y el aspecto de nuestra morada nunca son suficientes por si mismos para garantizar nuestra dicha o para condenarnos al infortunio.

La grandeza de los proyectos que ponemos en marcha, la construcción de un hotel o el dragado de una bahía, contrasta con la simplicidad de los nudos psicológicos capaces de minarlos. Con qué rapidez logra un berrinche echar por tierra las conquistas de la civilización. La insolubilidad de los nudos mentales apunta a la sabiduría austera e irónica de ciertos filósofos de la Antigüedad, que renunciaban a la prosperidad y a la sofisticación y, desde un tonel o una cabaña de barro, proclamaban que los ingredientes genuinos de la felicidad no podían ser materiales ni estéticos sino obstinadamente psicológicos; una lección que nunca pareció tan cierta cuando M y yo hicimos las paces al caer la tarde, junto a una barbacoa a la orilla de la playa cuyo esplendor había pasado a un modesto segundo plano.

En realidad el libro no dice nada que no sepamos o no intuyamos (lo que me recuerda el viejo chiste: un psicólogo es una persona que se pasa toda la vida estudiando para descubrir lo que todo el mundo ya sabe). Pero es interesante encontrar escritas algunas reflexiones que nunca se nos hubieran ocurrido a nosotros, y pensar, al leerlas por primera vez, que en el fondo siempre las habíamos sabido.

Por mi parte, creo que el libro está en lo cierto. Pienso que la auténtica felicidad es una actitud ante la vida, que poco o nada tiene que ver con lo material -hay pobres muy felices, y ricos totalmente infelices-. El que quiere ser feliz lo es, y el que no quiere serlo, pues no lo es. No podemos evitar los hechos desgraciados que nos hacen transitoriamente infelices, pero superado el evento puntual, cada cual volverá a su estado de felicidad o infelicidad habitual.