Para celebrar que empieza una nueva campaña electoral, hablaré sobre un libro que me regaló un amigo por Reyes y que estaba desde entonces en la lista de espera de acceso al blog. Se trata de la biografía de un político francés de la época de la Revolución, José Fouché, escrita por un autor reconocido por su propia obra de ficción, Stefan Zweig.
En la versión resumida de la Revolución Francesa que se nos enseña en el colegio no aparecía este personaje por ningún lado. Quizás en la propia Francia sea más conocido. Pero se trata de una laguna que debe llenarse, pues en José Fouché encontramos al político genuino, al político perfecto, al político total.
La carrera política de Fouché comienza durante el reinado de Luis XVI, continúa durante todo el período revolucionario, sigue con el Imperio de Napoleón, llega hasta la restauración monárquica, y todavía le da tiempo a servir de nuevo a Napoleón, en el tiempo que transcurre entre que éste vuelve de su primer destierro en la isla de Elba y su derrota definitiva en Waterloo.
Fouché fue de los escasos políticos relevantes que no perdieron la cabeza bajo la guillotina en ese período tan convulso. Y lo consiguió gracias a un apego sobrenatural al poder, y a su excepcional intuición para colocarse siempre en la posición más adecuada. El juego era muy peligroso: se situaba a la cabeza de las corrientes políticas emergentes, y, a medida que éstas perdían su vigor, se iba deslizando suavemente hacia posiciones críticas, movimiento que le convertía en un disidente … justo a tiempo para enlazar con la cabeza de la nueva corriente emergente, y le permitía colaborar con la liquidación de la precedente.
Fouché era un verdadero maestro de la política. Cualquier político que conociese este libro lo adoptaría –o debería hacerlo- como manual de cabecera y consulta; seguro que muchos, disimuladamente, ya lo tienen.
Aquí transcribo unas líneas del libro, referidas al momento en que Napoleón vuelve de su destierro en la isla de Elba, que resumen en pocas palabras la trayectoria de Fouché:
Con la misma repugnancia vuelve a tomar Napoleón a su servicio a Fouché. Hace diez años que conoce a este carácter de reptil y sabe que no sirve a nadie en el fondo y que sólo se deja arrastrar por su pasión por el juego político. Sabe que este hombre le verá caer con la más glacial indiferencia y le abandonará en el momento más peligroso, exactamente igual que abandonó a los girondinos, a los terroristas, a Robespierre y a los termidoristas; exactamente igual que abandonó y traicionó a Barras –su salvador-, al Directorio, a la República y al Consulado. Pero le necesita, o cree necesitarle. Así como Napoleón fascina a Fouché con su genio, igualmente, reiteradamente, fascina Fouché a Napoleón con su actitud.
Y aquí os pongo otras líneas más del libro, tomadas de unas páginas más avanzadas, cuando Napoleón se encuentra ya en su definitivo destierro de Santa Elena. En ellas se describe la psicología del personaje:
Pero pretender que Fouché entrara en el ministerio de Napoleón pagado de antemano como espía de Luis XVIII es despreciarle miserablemente, y, sobre todo, supone un absoluto desconocimiento de su magnífica complicación psicológica, de lo misterioso y demoníaco de su carácter. No es que Fouché, amoral y maquiavélico perfecto, hubiera sido incapaz, en un momento dado, de esta traición (como de cualquier otra); pero semejante bajeza era demasiado simple, demasiado poco atractiva para su genio de jugador audaz. Engañar burdamente a un hombre, aunque sea a Napoleón, no va bien con su estilo. Su único placer es engañar a todo el mundo, no dar seguridad a nadie y atraerlos a todos, jugar con todos y contra todos a la vez, no obrar nunca de acuerdo con premeditados proyectos, sino siguiendo el impulso de sus nervios, ser un Proteo, dios de la metamorfosis, no un Franz Moor, un Ricardo III, un intrigante consecuente; sólo el papel brillante, lleno de sorpresas, entusiasma a su naturaleza apasionada de diplomático. Ama las dificultades precisamente por las dificultades mismas, y las aumenta artificialmente a un grado doble, cuádruple; no es el simple traidor: es múltiple, transversal, es un traidor nato. Y así pudo decir de él quien más a fondo le conocía, Napoleón, en Santa Elena, con palabra profunda: “¡Sólo un traidor verdadero, perfecto, he conocido: Fouché!”
Pues nada, feliz campaña electoral a todos…
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