
Se trata de un bulevar, en el sentido literal y académico del término (“Paseo central arbolado de una avenida o calle ancha”, según la RAE). Me lo imaginaba tan señorial como es, pero más bullicioso y comercial; algo así como la Rambla de Cataluña en Barcelona, en grande. Lo encontré, en cambio, un poco desangelado. Tras la división de la ciudad, el bulevar quedó en el Este, y quizás esa etapa le imprimiera la impersonalidad que me pareció advertir en él. O igual es que nunca fue la avenida bullanguera que me había sugerido la imaginación, que también puede ser…
La foto está tomada esa noche en la que iluminaron los monumentos de la ciudad –y como tales fueron considerados los tilos, pues recibieron su luz-. No puse la cámara en el suelo por una veleidad artística, sino para que se estuviese bien quieta (siendo más preciso, como deferencia a mis lectores físicos, “para que la cámara se desplazara a la misma velocidad de 390 kilómetros por segundo a la que se desplaza el propio suelo en relación con la radiación cósmica de fondo”).
Como resultado, tenemos la visión que de nosotros tiene el típico ratoncillo ...











