domingo, 31 de mayo de 2009

Sardinas a la guipuzcoana

Me gustan mucho las sardinas en cualquiera de sus preparaciones habituales, a la brasa o a la plancha. Pero viviendo en un piso pequeño sin terraza, no puedo cocinarlas de ninguna de las dos formas; no me parece apropiado encender una hoguera, y temo el olor que me dejarán en la cocina, durante dos semanas, las sardinas a la plancha.

Con esta receta de sardinas a la guipuzcoana –que he descubierto en un libro recetas de cocina vasca-, donde se hacen cocidas, vi el cielo abierto; y me puse a trabajar en el experimento.

La mecánica es muy simple:

1º Se limpian las sardinas (fuera cabeza y tripas), se salan y se dejan reposar un par de horas para que pierdan toda la sangre. Durante el mismo tiempo, se ponen unas ñoras (o pimientos choriceros) en remojo.

2º Se pican finas una cebolla y las ñoras. Se ponen en una sartén con aceite, se doran, se añade un poco de agua, y se deja cocer un rato. Se saca el sofrito, se pasa por la picadora, y se reserva. Aquí una foto de los ingredientes del sofrito, antes de convertirse en puré:


3º Se cortan en dados unas patatas.

4º Se pone en la cazuela una cebolla cortada en aros, más las patatas. Cuando están doradas, se añade el puré de sofrito que habíamos reservado. Cuando está todo mezclado y doradito, se echa pimienta negra, pimentón dulce y laurel. Se añade agua caliente y se deja cocer. Aquí una foto de todos los ingredientes:

5º Cuando las patatas estén tiernas, se añaden los peces. Importante: las sardinas sólo deben estar 5 minutos cociéndose, no más. Aquí una foto de la receta, ya emplatada:


De primer plato (para completar la información culinaria) hice unas espinacas, de modo que en la comida estuvo presente todo lo necesario: la proteína del pescado, los hidratos de carbono de la patata, y la fibra -y el hierro- de las espinacas. Más sano imposible.

La crítica. El plato queda muy rico, como no podía ser de otro modo con los ingredientes que lleva. Quizás el mayor inconveniente sea que la piel de las sardinas hervidas no sale tan fácilmente como cuando están asadas o la plancha… y a quien tenga la costumbre de evitarla, le puede resultar un plato incómodo de comer (aunque la piel hervida es suave y no debe ser indigesta, al menos no tiene esa textura escamosa propia de las sardinas a la brasa o a la plancha). Pero esta preparación difumina sustancialmente el sabor característico de la sardina, motivo por el cual no constituye un sustitutivo adecuado para las sardinas de toda la vida.

En conclusión, no creo que vuelva a repetir la receta... si uno vive en una ciudad de la costa y es un fanático de las sardinas (por ejemplo, y ya que la receta es guipuzcoana, si uno vive en San Sebastián y se baja todos los días a tomar un aperitivo de sardinas en esos bares del puerto viejo), este plato le permite variar la preparación sin prescindir de la materia prima.

Pero quien eche de menos unas buenas sardinas, unos espetos malagueños, encontrará que este plato no colma sus aspiraciones.

sábado, 30 de mayo de 2009

John Steinbeck: "Las uvas de la ira"


Conocía esta obra de oídas, pero de ella sólo sabía que estaba ambientada en la época de la Gran Depresión (años 1929 y siguientes). Y me ha parecido que era un buen momento para leerme el libro, vistos los tiempos que corren.

Se narra la historia de una familia de agricultores del medio-oeste de Estados Unidos, quienes, como muchos otros de la región, se encuentran sin trabajo de la noche a la mañana cuando los tractores aparecen en escena y se mecanizan las labores del campo en los cultivos de tipo extensivo propios de la zona (el algodón, en el caso de los protagonistas). En la agricultura sólo se necesita ya mano de obra abundante para la recolección de los frutales, presentes en el suave clima mediterráneo de California, lo que provoca una emigración masiva hacia allá.

Los emigrantes viajan con el sueño de un trabajo sencillo y bien pagado. Cuando llegan, descubren que la situación no es como la imaginaban: por el propio exceso de emigrantes, no existe trabajo para todos y los salarios son muy bajos.

Es un libro largo pero no se hace pesado, pues se mantiene un buen equilibro entre el relato –las peripecias de la familia- y la reflexión social.

No he encontrado en el libro la relación que esperaba con nuestra situación económica actual, pero, en cambio, he descubierto una relación inesperada con la situación que han debido vivir, durante estos años pasados, los inmigrantes que han venido a España huyendo de la pobreza y falta de expectativas en sus países de origen.

La semejanza es muy evidente en el plano conceptual (desplazamiento territorial en busca de un futuro mejor), aunque no tanto en los detalles, pues la vida de los emigrantes sin techo ni domicilio fijo, que en el libro constituye el panorama generalizado, no ha sido tan común en España (no mayoritario, al menos).

Pero no cabe duda de que también a esos extremos se ha llegado en no pocos casos. En TV han emitido algunos reportajes (muy escasos, eso sí, sobre los africanos que se desplazaban este invierno por Andalucía buscando lugares donde se estuviera recogiendo la aceituna, o sobre los rumanos que viven en chabolas junto a los campos que cultivan, o sobre marroquíes y latinoamericanos que esperan a primera hora de la mañana, en lugares “estipulados” de las grandes ciudades, la llegada de una furgoneta que les recoja para trabajar en la construcción, etc…

Aquí habría, como lo hubo en Estados Unidos, materia suficiente para escribir un libro y para producir una película. Pero no le pidas al cine español que deje de mirarse al ombligo, o que haga una crítica social del tiempo en el que gobierna el partido que les da de comer.

Lo que espero es que el relato del libro sea verdaderamente una historia pasada, y no estemos ante nuestra propia y próxima historia, jeje… porque si este país va a la quiebra, nos puede tocar emigrar. Viendo el cariz de los acontecimientos, no me parece algo imposible.

No me preocupa tanto la crisis como el camino que hemos tomado, que no es el camino de salida sino justamente el contrario, el camino que nos lleva directamente hacia el hoyo. A estas alturas está muy claro que el origen de la crisis actual no es otro que el endeudamiento excesivo; el crédito es útil –hasta imprescindible- para invertir (que no es lo mismo que gastar): me adelantas un dinero que no tengo, que te devolveré a medida que vaya ahorrando. Si pides un crédito tomando en consideración tu renta actual y la razonablemente prevista, de forma que su devolución dependa únicamente de tus ganancias y de tu capacidad de ahorro, no hay problema… sin embargo, se han estado pidiendo y concediendo créditos cuya devolución no se confiaba a la renta esperada, sino a la revalorización (supuesta, especulativa) de los activos adquiridos… y con la vista puesta no en la devolución del crédito, sino en la transmisión del activo revalorizado para realizar la plusvalía. Y así, el volumen de los créditos ha crecido hasta el momento en el que, de repente, la mente colectiva ha hecho “click” y se ha formulado la gran pregunta… ¿toda esta masa de deuda, se va a poder devolver algún día? En ese instante se han dejado de revalorizar los activos, y ha comenzado la crisis.

Este es el punto en el que nos encontramos. La gente estaba comprando pisos y coches carísimos a crédito, y las Administraciones Públicas estaban gastando cantidades ingentes de dinero. Vale, es cierto que nadie, ni la gente ni las Administraciones, había previsto la crisis. Ahora eso ya no importa, lo que interesa es encontrar una solución.

Si el problema es el exceso de deuda, es evidente que la única solución posible es reducirla. Y la deuda se reduce gastando menos, y ahorrando más. Pagando la que se pueda, y reconociendo la pérdida por la que no se pueda pagar.

Y ahora viene lo que me preocupa. Las economías domésticas y las empresas (el sector privado) han comprendido el problema y la solución sin ninguna dificultad (¡es que no es tan difícil!), y han cortado el gasto de forma radical. Es duro para quien tiene que asumir sacrificios y para la economía en general, pero es necesario… más que necesario, es inevitable. Sale hoy en el periódico la noticia de que, por primera vez en cincuenta años, se ha producido un incremento respecto al año anterior en la venta de legumbres, un alimento barato. Fijémonos ahora en el sector público... ¿qué está haciendo?... pues gastar de una forma absolutamente disparatada…¡están soplando como posesos dentro de la burbuja, intentando hincharla otra vez! .. que está pinchada, hombre, que está pinchada… la situación sería bastante cómica, de película de los hermanos Marx, si no fuese porque, en el proceso, están arruinando al país, quemando inútilmente lo poco que tenemos y lo poco que estemos ahorrando los ciudadanos de a pie…

Un ejemplo de lo que digo. Los Ayuntamientos españoles tienen una gigantesca deuda acumulada con sus proveedores de bienes y servicios, una cantidad monstruosa de dinero. Muchas empresas han ido a la quiebra por ese motivo. ¿No sería lógico empezar a pagar esa deuda? Pues no señor… se trata de trabajos ya realizados y, por tanto, ese pago “no luce”. De modo que el gobierno ha tenido una ideíca, que consiste en dar dinero a los Ayuntamientos (contra deuda pública del Estado) para que gasten más todavía, y así “relanzar la economía”… ¿Para qué se utiliza ese dinero?... pues aparte de para lo que sabemos todos, para cualquier otra tontería. En el caso de Madrid, el Alcalde –que lleva el derroche en los genes- ha decidido ejecutar (entre otras) una obra imprescindible, largamente deseada por los madrileños, una inversión productiva donde las haya: va a cambiar de ubicación la estatua de Colón… la estatua estuvo hace años en medio de la Castellana y la desplazaron cien metros, a una plaza adyacente, para favorecer la circulación… pues ahora irá de vuelta al centro de la Castellana... Cristóbal para arriba, Cristóbal para abajo… a ver si por lo menos le dejan señalando a América.

Mientras unos están ahorrando hasta en comida, los otros están gastando a manos llenas el dinero, empezando por el que ahorran los primeros…¡a gastar hombre, a gastar, que no se respire miseria…! ¡Y que se mueran los feos!

Ya me ha dado el ataque otra vez... ¿qué estaba diciendo? ah, sí, las uvas de ira… un buen libro.

lunes, 25 de mayo de 2009

Universidad de Heidelberg (I)

Esta entrada va dedicada a los lectores que sois físicos (en su acepción académica, se entiende), esto es, Myriam, Roberto, RobertoV y Civilis.

El viaje a Heidelberg que hicimos en marzo pasado tuvo como motivo, o excusa, visitar a un primo de Clara, otro físico en ciernes, que está allí de Erasmus.

Aclaro a los lectores americanos que “Erasmus” es un programa educativo europeo, que permite a los universitarios estudiar un año de la carrera una facultad de otro país de la Unión Europea, y convalidar luego las calificaciones obtenidas por el alumno, en su país de origen. Es un programa que utilizan miles de alumnos hoy en día; puede decirse que ha sido un gran éxito. La opinión generalizada es que los alumnos, más que a estudiar, salen de su país a divertirse todo lo que pueden. Supongo que habrá de todo. Lo cierto es que el desconocimiento inicial del idioma constituye un obstáculo evidente para un conseguir un buen aprovechamiento académico, por lo que no tiene demasiado sentido salir a estudiar al extranjero, sólo por un año, si ese aprovechamiento fuese el único objetivo. En mi opinión, el valor del programa Erasmus radica en que permite a la gente salir de la seguridad de su casa, conocer otra cultura, aprender otro idioma, y establecer relaciones personales con otros europeos… lo que contribuye mejor que nada a la formación de una sociedad civil propiamente “europea”, por encima de los países.

Bien, al grano. Heidelberg tiene una universidad muy grande en relación con el tamaño de la ciudad. La Universidad de Heidelberg fue fundada en el año 1386. En la actualidad, tiene fama de buena. En Heidelberg tienen también su sede algunos Institutos de la Sociedad Max Planck –imagino que vinculados a la universidad-, entre ellos el Instituto de Física Nuclear.

Los órganos centrales y representativos de la universidad se encuentran en el centro de la ciudad, mientras que las facultades donde estudian los alumnos se hallan en una zona nueva de las afueras. Adjunto un planito para que lo veáis. La zona nueva a la que me refiero es el sector de edificios que se puede observar en el cuadrante superior izquierdo del mapa, entre el río (abajo) y los nombres Im Neuenheimer Feld (arriba) y Neuenheim (derecha).

Dado el motivo de nuestra visita, uno de los lugares que fuimos a conocer fue, precisamente, la universidad, lo que me dio ocasión de tomar algunas fotos pensando en una entrada como ésta que ahora escribo, aunque fuesen poco “turísticas”.

La primera foto es de una placa, que dice: “En esta casa, Kirchhof, en 1859, experimentó el análisis de espectros que había descubierto con Bunsen, sobre el sol y las estrellas, y con ello desarrolló la química del cosmos.”

Esa placa de arriba, está puesta en esta casa de abajo (la placa de la derecha):


Y justo en la acera de enfrente, se encuentra esta estatua de Bunsen:


Esta es la sede de la facultad de física:



La foto siguiente está tomada desde el atril del Aula Magna de la universidad… si Kirchhof habló alguna vez para la comunidad universitaria, lo haría en ese mismo lugar:


En el edificio principal de la universidad, en el centro de la ciudad, tienen un pequeño pero jugoso museo, donde se exponen diferentes aparatos antiguos, creados o utilizados en la propia universidad. Entre ellos, el espectrógrafo de Kirchhof y Bunsen:


Aquí tenéis un plano de la zona universitaria nueva:


Los números asignados a los edificios figuran ostensiblemente en sus fachadas, de forma que resulta muy fácil encontrarlos desde lejos:


Y por último, os pongo aquí una foto de la sede del Instituto Kirchhof de Física.


jueves, 21 de mayo de 2009

Stefan Zweig: "Fouché. El genio tenebroso"


Para celebrar que empieza una nueva campaña electoral, hablaré sobre un libro que me regaló un amigo por Reyes y que estaba desde entonces en la lista de espera de acceso al blog. Se trata de la biografía de un político francés de la época de la Revolución, José Fouché, escrita por un autor reconocido por su propia obra de ficción, Stefan Zweig.

En la versión resumida de la Revolución Francesa que se nos enseña en el colegio no aparecía este personaje por ningún lado. Quizás en la propia Francia sea más conocido. Pero se trata de una laguna que debe llenarse, pues en José Fouché encontramos al político genuino, al político perfecto, al político total.

La carrera política de Fouché comienza durante el reinado de Luis XVI, continúa durante todo el período revolucionario, sigue con el Imperio de Napoleón, llega hasta la restauración monárquica, y todavía le da tiempo a servir de nuevo a Napoleón, en el tiempo que transcurre entre que éste vuelve de su primer destierro en la isla de Elba y su derrota definitiva en Waterloo.

Fouché fue de los escasos políticos relevantes que no perdieron la cabeza bajo la guillotina en ese período tan convulso. Y lo consiguió gracias a un apego sobrenatural al poder, y a su excepcional intuición para colocarse siempre en la posición más adecuada. El juego era muy peligroso: se situaba a la cabeza de las corrientes políticas emergentes, y, a medida que éstas perdían su vigor, se iba deslizando suavemente hacia posiciones críticas, movimiento que le convertía en un disidente … justo a tiempo para enlazar con la cabeza de la nueva corriente emergente, y le permitía colaborar con la liquidación de la precedente.

Fouché era un verdadero maestro de la política. Cualquier político que conociese este libro lo adoptaría –o debería hacerlo- como manual de cabecera y consulta; seguro que muchos, disimuladamente, ya lo tienen.

Aquí transcribo unas líneas del libro, referidas al momento en que Napoleón vuelve de su destierro en la isla de Elba, que resumen en pocas palabras la trayectoria de Fouché:

Con la misma repugnancia vuelve a tomar Napoleón a su servicio a Fouché. Hace diez años que conoce a este carácter de reptil y sabe que no sirve a nadie en el fondo y que sólo se deja arrastrar por su pasión por el juego político. Sabe que este hombre le verá caer con la más glacial indiferencia y le abandonará en el momento más peligroso, exactamente igual que abandonó a los girondinos, a los terroristas, a Robespierre y a los termidoristas; exactamente igual que abandonó y traicionó a Barras –su salvador-, al Directorio, a la República y al Consulado. Pero le necesita, o cree necesitarle. Así como Napoleón fascina a Fouché con su genio, igualmente, reiteradamente, fascina Fouché a Napoleón con su actitud.

Y aquí os pongo otras líneas más del libro, tomadas de unas páginas más avanzadas, cuando Napoleón se encuentra ya en su definitivo destierro de Santa Elena. En ellas se describe la psicología del personaje:

Pero pretender que Fouché entrara en el ministerio de Napoleón pagado de antemano como espía de Luis XVIII es despreciarle miserablemente, y, sobre todo, supone un absoluto desconocimiento de su magnífica complicación psicológica, de lo misterioso y demoníaco de su carácter. No es que Fouché, amoral y maquiavélico perfecto, hubiera sido incapaz, en un momento dado, de esta traición (como de cualquier otra); pero semejante bajeza era demasiado simple, demasiado poco atractiva para su genio de jugador audaz. Engañar burdamente a un hombre, aunque sea a Napoleón, no va bien con su estilo. Su único placer es engañar a todo el mundo, no dar seguridad a nadie y atraerlos a todos, jugar con todos y contra todos a la vez, no obrar nunca de acuerdo con premeditados proyectos, sino siguiendo el impulso de sus nervios, ser un Proteo, dios de la metamorfosis, no un Franz Moor, un Ricardo III, un intrigante consecuente; sólo el papel brillante, lleno de sorpresas, entusiasma a su naturaleza apasionada de diplomático. Ama las dificultades precisamente por las dificultades mismas, y las aumenta artificialmente a un grado doble, cuádruple; no es el simple traidor: es múltiple, transversal, es un traidor nato. Y así pudo decir de él quien más a fondo le conocía, Napoleón, en Santa Elena, con palabra profunda: “¡Sólo un traidor verdadero, perfecto, he conocido: Fouché!”

Pues nada, feliz campaña electoral a todos…

miércoles, 20 de mayo de 2009

Mario Benedetti: "Hagamos un trato"

Salvo algunos haikus, no había leído nada de Mario Benedetti antes de su muerte; y eso que me había hablado de él alguien que sabe de literatura. Ahora, cuando con ocasión de su muerte proliferan sus poemas en cada reseña de su vida, he leído varios sin casi pretenderlo, y me han gustado.

Aquí traigo uno de ellos para enriquecer este blog (asumiendo el grave riesgo de que se me acuse de romántico). Al final del poema pongo un link que conduce a la voz de Benedetti, recitando el mismo poema:

Mario Benedetti: "Hagamos un trato"

Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted
es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo
.

Y aquí está la voz.

martes, 12 de mayo de 2009

S. Prokoviev: Romeo y Julieta (ballet)

Este es un mensaje para los lectores madrileños (aunque seáis minoría).

En el Teatro Real representan esta semana, hasta el próximo día 16, una obra de ballet: Romeo y Julieta, de Prokofiev.

Fuimos a verla ayer, día del estreno, porque una amiga abonada nos dejó dos entradas. Si a alguien le interesa el ballet, y nunca lo ha visto, es una buena oportunidad para probarlo, y más aprovechando que en Madrid se nos viene un puente encima (por San Isidro, el patrón de esta ciudad).

Aquí os pongo un vínculo al comentario de la obra en la página del Teatro Real.

Como no entiendo nada de ballet (sólo había asistido antes a una función, hace aproximadamente un siglo) no me atrevo a realizar aquí una crítica artística. Desde luego, los medios (escenario, iluminación, vestuario) eran apabullantes.

A la entrada, me llamó la atención el tono que empleó una (presumible) aristócrata para despedirse del chófer que la había llevado, circulando por un tramo de calle peatonal, hasta la mismísima puerta del Teatro Real; una frase que capté en aire, por casualidad e indebidamente, un “hasta luego Juan” pronunciado con esa camaradería indefinible que surge entre un chófer y su condesa.

Y aquí pongo un trozo de la obra que he localizado en youtube, para que la podáis identificar (será en París y con Nureyev, pero no es mejor que la representación que vimos). Diría que esta misma música la han usado para anunciar algo en TV... ¿un coche? ¿una colonia?

La historia de Romeo y Julieta tendrá mucho amor y tal, pero básicamente constituye un magnífico ejemplo de plan bien diseñado pero pésimamente ejecutado. Deberían plantearlo como caso práctico en las escuelas de negocios y dirección de empresas, en la clase que dediquen a la ORGANIZACION.

sábado, 9 de mayo de 2009

Tres autobiografías: Fest, Grass & Ratzinger

Continuando con la cuestión suscitada en los comentarios a la entrada sobre Lübeck (del día 27 de noviembre de 2008), voy a comentar las autobiografías publicadas por los personajes que salían allí a relucir. Los autores y los títulos de sus libros, por orden cronológico, son:

Joseph Ratzinger: “Mi Vida”, 1997
Günter Grass: “Pelando la cebolla”, 2006
Joachim Fest: “Yo no: recuerdos de niñez y juventud", 2006 (título traducido en España como “Yo no: El rechazo del nazismo como actitud moral”).

Añado algunos vínculos para quien desee información adicional sobre Grass y Fest, y sobre los hechos de los que hablo en esta entrada: una referencia a la vida y obra de Grass en la página oficial de los Premios Nobel (inglés), el obituario que se publicó sobre Fest en la revista Der Spiegel (alemán), biografía de Fest (español), y noticia periodística sobre la polémica suscitada entre ambos (español). Naturalmente, puede encontrarse mucha más información en internet.

Se trata de tres personajes conocidos, cuyo posicionamiento personal en la época nazi fue muy debatido hace dos o tres años, al menos en Alemania. Grass y Fest fueron los protagonistas indiscutibles de esta discusión, que a Ratzinger sólo alcanzó de pasada.

Joseph Ratzinger no necesita mucha presentación: es el actual Papa Benedicto XVI.

Günter Grass es un escritor reconocido (Premio Nobel de Literatura en 1999), representante del pensamiento de izquierda en Alemania.

Y Joachim Fest fue un historiador especializado en la época nazi (autor, por ejemplo, del libro en el cual se basa la reciente película “El hundimiento”, sobre los últimos días de Hitler), y director durante muchos años de uno de los principales periódicos de Alemania, el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Ha sido un representante del pensamiento liberal-conservador en Alemania; falleció en septiembre de 2006, coincidiendo con la publicación de su autobiografía.

Los tres personajes nacieron en un intervalo de tiempo inferior a un año: Fest en Berlín, en diciembre de 1926; Ratzinger en un pueblecito de Baviera, en abril de 1927; y Grass en Danzig (actualmente Gdansk, Polonia) en octubre de 1927. De modo que durante los dos últimos años de la segunda guerra mundial (1944 y 1945), los tres tenían entre 17 y 18 años.

Los dos primeros (Ratzinger y Grass) se conocieron poco después de terminar la guerra, al coincidir brevemente en un campo de prisioneros americano. Los dos segundos (Grass y Fest), fueron rivales durante muchos años como representantes públicos de corrientes políticas opuestas.

En realidad, la polémica generada entre Grass y Fest, a cuento de las autobiografías que ambos publicaron en 2006, fue la manifestación de su vieja rivalidad política preexistente.

Curioseando un poco internet (en los vínculos que he puesto más arriba, y en algunos otros) se descubre un debate que se produjo entre Fest y la izquierda en general sobre el origen del nazismo, que nos sirve como ejemplo de esa rivalidad.

Hablando genéricamente, se puede afirmar que la izquierda suele atribuir a la organización o estructura económica de las sociedades un papel determinante en la evolución histórica, mientras que la derecha tiene más tendencia a reconocer el papel determinante que puedan desempeñar determinados individuos excepcionales en el curso de la historia. En el caso del nazismo, se reproducían estas visiones contrapuestas: la izquierda (Grass) atribuía su origen a causas económicas -la Gran Depresión que siguió al crack del 29, la hiperinflación subsiguiente-, mientras que la derecha (Fest) lo atribuía a la personalidad magnética de Hitler y a su capacidad para generar en el pueblo alemán una ilusión colectiva.

Así las cosas, cuando Fest dirigía el Frankfurter Allgemeine Zeitung decidió publicar una serie artículos escritos por historiadores de diferentes tendencias políticas, que ofreciesen las distintas versiones que existían sobre el origen del nazismo; uno de los elegidos por Fest fue un tal Ernst Nolte, que pasaba por ser un representante de la extrema derecha. En su artículo, Nolte sostenía que el nazismo se había originado por motivos estrictamente políticos, como una reacción frente al comunismo en Rusia; la izquierda consideró que esta teoría pretendía justificar el nazismo, que era “revisionista”, y atacó a Fest como responsable último de la publicación del artículo. Otros trabajos de Fest, como una biografía de Albert Speer (el arquitecto preferido de Hitler, y Ministro de armamento durante la guerra), también fueron muy criticados por la izquierda, que los consideraba cuando menos condescendientes con la época nazi.

Vistos estos antecedentes, repasemos las autobiografías de estos personajes por orden cronológico.

En 1997 se publicó la autobiografía de Ratzinger.

En ella habla fundamentalmente de su evolución teológica y de su carrera en la jerarquía eclesiástica, y muy poco de su etapa de juventud –que es la que me interesa para este comentario-. Cuenta que su padre era polícía de profesión, ferviente católico y contrario al nazismo. Si bien era policía, sus creencias personales no le planteaban demasiados problemas en su servicio al Estado, pues como vivían en un pueblo pequeño y partidario por completo del nuevo régimen, no se le presentaba la ocasión de actuar en contra de sus convicciones (no había por allí enemigos políticos o judíos a quienes perseguir).

Ratzinger estuvo afiliado a las Juventudes Hitlerianas (pues era obligatorio al llegar a una cierta edad), luego se incorporó al servicio de defensa antiaérea (primer destino de los chicos de 17 años), y finalmente fue llamado a filas en el ejército (después de negarse a ser “voluntario” en las SS, alegando su condición de seminarista).

De su estancia en el campo de prisioneros americano después de la guerra no cuenta nada, sólo cita el episodio muy brevemente. No menciona que coincidiese allí con otro soldado llamado Günter Grass.

Ratzinger se manifiesta como un opositor al régimen nazi por motivos religiosos (al igual que su padre), oposición que apenas pasó de una mera negación intelectual.

De su libro destacaría dos ideas interesantes. Por un lado, la noción del nazismo como religión –y no sólo como movimiento político-, que albergaba la pretensión de “descontaminar” a Alemania de una religión no germánica (el cristianismo, de origen judío nada menos), que debía ser eliminada.

Y por otro lado, me ha llamado la atención una frase que utiliza al hablar sobre la relación entre la escuela confesional (católica) y la escuela pública (nazi), y sobre la defensa que los obispos intentaron realizar de la primera frente a la segunda, al principio del nuevo régimen, alegando la vigencia y debida aplicación del Concordato. Cuenta Ratzinger que esa defensa no tuvo éxito, por encontrarse ya ganados para el régimen la mayor parte de profesores y alumnos, y al explicar esta situación dice lo siguiente: “Ya entonces empecé a darme cuenta de que con la lucha en defensa de las instituciones, [los obispos] desconocían en parte la realidad. Porque, en efecto, la sola garantía institucional no sirve para nada, si no existen las personas que la sostengan con sus propias convicciones personales”. Me parece una idea interesante y de aplicación universal, más allá del mundo religioso.

En cualquier caso, la autobiografía de Ratzinger pasó desapercibida cuando salió en 1997, pues aunque fuera ya entonces un personaje muy importante dentro de la Iglesia, no era Papa.

La polémica se desencadenó en el año 2006, cuando se publicó la autobiografía de Grass.


En ella confesaba que, en su juventud, había sido un nazi convencido, que había pertenecido a las Juventudes Hitlerianas (algo obligatorio, como antes decía), que a los 17 años se había alistado voluntariamente, y que había servido en una unidad de las Waffen-SS (que era la rama militar de las SS; conviene precisar que las Waffen-SS eran unidades que en su gran mayoría servían en el frente, y nada tenían que ver con las unidades de la SS que custodiaban los campos de concentración; salvo que, en última instancia, pertenecían a la misma organización del partido nazi, y no al ejército regular). Cuenta Grass en el libro que se había presentado voluntario para servir en los submarinos, pero que acabó destinado en las SS sin haberlo pretendido.

A esas revelaciones contestó Fest (que tenía con Grass sus cuentas pendientes, como antes hemos visto) criticando a Grass no tanto que hubiese pertenecido a las Waffen-SS con 17 años, sino que, en edad adulta y durante 60 años (en los cuales se había erigido como referencia moral en Alemania), hubiese ocultado las convicciones nazis que había tenido en su juventud.

Ese mismo año 2006 publicó Fest también su autobiografía (supongo que ya la estaría preparando, no creo que la publicase como respuesta a la de Grass), en la que cuenta sus propias experiencias durante esos años de la guerra.


En cuanto a estos dos libros de la polémica (dejando ya a un lado el de Ratzinger), desde el punto de vista literario diría que es mejor el libro de Grass. Va desmenuzando su vida poco a poco, profundizando en sus recuerdos como si pelase una cebolla (de ahí el título de la obra), capa por capa. Apenas se reconoce en su época de juventud, por lo que cuenta su vida en tercera persona, como si se tratase de otro. El libro de Fest, en cambio, es mucho más preciso en la descripción de los hechos, tanto sobre detalles personales como sobre las ideas propias y ajenas; sin duda es un reflejo de su condición de historiador, frente al novelista que es Grass.

Grass nos cuenta su evolución personal, desde los primeros recuerdos en su Danzig natal, hasta que comenzó a triunfar como escritor. El tema de su pasado político no tiene demasiada relevancia en el conjunto del libro, lo que prima verdaderamente es el relato que hace de muchas intimidades de su vida, de su familia, de sus amores, etc…. Revela además la relación existente entre muchas experiencias personales suyas, y los acontecimientos o personajes que aparecen posteriormente en sus libros, por lo que resultará muy interesante la lectura de esta autobiografía a quienes conozcan ya su obra; a quienes, como yo, no se hubieran leído antes ningún libro de Grass, nos sirve para familiarizarnos con su bibliografía.

También parece un libro muy sincero, pues gran parte de las cosas que cuenta no le hacen quedar muy bien precisamente. Describe una mala relación con su familia –especialmente con su padre-, unas relaciones bastante egoístas con las mujeres, o un comportamiento no muy valiente mientras estuvo en el ejército.

Menciona con cierta reiteración un episodio en el que recuerda haber jugado a los dados con Ratzinger en el campo de prisioneros… es realidad es una anécdota con muy poca entidad y escasa conexión con el resto del relato, cuya repetición no se explica si no es porque quiere hablar de Ratzinger a toda costa (aunque lo haga sin citar su apellido), lo cual desprende un cierto tufillo a técnica comercial.

El libro de Fest es radicalmente distinto. Se centra únicamente en el período del nazismo, y apenas cuenta nada sobre su vida posterior. En realidad, habla fundamentalmente de su padre. Cuenta que su padre era un hombre muy involucrado en política en la época de la República de Weimar, católico, y que vio venir a Hitler como quien viene venir al demonio. Su padre se manifestó en contra de Hitler y por ese motivo le expulsaron del colegio donde trabajaba, y le prohibieron cualquier servicio al Estado. Pese a que la situación económica y social de la familia empeoró considerablemente, el padre se negó a dar su brazo a torcer –incluso aunque su esposa, y madre de Fest, así se lo pedía- por considerar al movimiento nazi como una ideología inmoral que merecía una oposición radical. Se negó a que sus hijos se afiliaran a las Juventudes Hitlerianas, lo que les acarreó todavía más problemas. Y siguió tratando como siempre a los amigos judíos de la familia.

Fest, por lo que cuenta, reprodujo la actitud crítica de su padre frente al nazismo y así lo exteriorizaba –aunque con prudencia- incluso cuando estuvo en el servicio de defensa antiaérea, y posteriormente en el ejercito. Al ejército se presentó voluntario para evitar que le alistasen “voluntariamente” en las SS, y aún así el padre, al enterarse, se lo reprochó duramente, pues consideraba que la guerra era cosa de Hitler y no de Alemania.

Conociendo estos antecedentes, se comprende mejor la reacción de Fest, al conocer que Grass, un cualificado representante de esa izquierda que le había estado acusando de simpatía o connivencia con los nazis, había formado parte en su día del mismo movimiento nazi que él y su familia había estado combatiendo cuando había que hacerlo.

La lectura de ambos libros resulta muy útil también para conocer la realidad de la época. Se trata, además, de los últimos testimonios directos que vamos a obtener, por la edad que van teniendo quienes vivieron aquellos tiempos turbulentos.

El libro de Grass nos ayuda a entender los motivos que pudieron llevar al ciudadano alemán corriente, a personas buenas y razonables que no eran sádicos ni criminales, a creer en el nazismo. Y el libro de Fest nos muestra cómo las personas con una cierta formación política o intelectual previa –ya fueran de izquierdas o de derechas- pudieron detectar perfectamente la amenaza totalitaria que se cernía sobre Alemania, pero no pudieron evitar su triunfo –caso de haberlo pretendido-, al inclinarse las masas de forma aplastante a favor del movimiento nazi.

Ambos libros nos permiten también conocer la perspectiva alemana sobre algunos acontecimientos históricos, perspectiva que apenas suele asomar, oculta como ha estado -y probablemente sigue estando- bajo el peso de la vergüenza por la responsabilidad de la guerra. Por ejemplo, la sensación de angustia e impotencia al final del conflicto, rodeados por todas partes de enemigos que tenían poderosos motivos para odiarles, que se iban aproximando de todos lados y de los que no tenían escapatoria posible. O las gigantescas deportaciones de población alemana hacia el oeste (la familia de Grass, entre ellos) para ceder territorio a Polonia. O la forma en que se portaron los rusos con la población civil alemana en las zonas que ocuparon(tanto la familia de Grass como la de Fest se vieron afectadas), lo que probablemente condenó de antemano cualquier posibilidad que subsistir que hubiera podido tener esa fenecida República Democrática Alemana.

Resulta asimismo muy interesante la información que se nos ofrece sobre la cuestión judía. Cuenta Fest una curiosa anécdota que revela la visión que tenían los propios judíos del asunto en un principio: cuando el padre insistía a los amigos judíos de la familia que se fueran de Alemania mientras estuvieran a tiempo, le contestaban –con toda razón, aunque equivocadamente visto lo que vino después-, que ellos eran tan alemanes como él, que no tenían por qué marcharse, y que esa petición, aunque bienintencionada, coincidía justamente con lo que pretendía los nazis, que era su desaparición de Alemania. Esto ocurrió, claro está, en los primeros tiempos, antes de que comenzaran las persecuciones.

También pueden compararse las versiones de Fest y de Grass sobre el papel de los alemanes ordinarios, cuando comenzaron las deportaciones de los judíos a los campos de concentración.

La versión de Grass es que los alemanes no tenían conocimiento de nada, que nunca se supo lo que ocurría, que no se informó a la población. Lo que cuenta Fest es que su padre, ante la evidencia de que los judíos –entre ellos conocidos suyos- estaban siendo deportados, se preocupó por averiguar a dónde les llevaban y para qué (a través del servicio exterior de la BBC, y preguntando dentro del propio país), y llegó a saber que les estaban asesinando.

Sobre esta cuestión crucial citaré otro libro, “Si esto es un hombre” de Primo Levi (un judío italiano que sobrevivió a los campos). En un apéndice añadido en el año 1976, incluye una reflexión sobre este tema, que dice así “…pese a las varias posibilidades de informarse, la mayor parte de los alemanes no sabía porque no quería saber, o más: porque quería no saber. Es cierto que el terrorismo de Estado es un arma muy fuerte a la que es muy difícil resistir, pero también es cierto que el pueblo alemán, globalmente, ni siquiera intentó resistir. En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuesta. De esta manera, el ciudadano alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía suficiente justificación de su adhesión al nazismo: cerrando el pico, los ojos y las orejas, se construía la ilusión de no estar al corriente de nada, y por consiguiente de no ser cómplice, de todo lo que ocurría ante su puerta. Saber, y hacer saber, era un modo (quizás tampoco tan peligroso) de tomar distancia con respecto al nazismo; pienso que el pueblo alemán, globalmente, no ha usado de ello, y de esta deliberada omisión lo considero plenamente culpable.”

Esas palabras son muy duras, pero me parece reflejan la pura verdad. Afortunadamente, toda la capacidad y diligencia de los alemanes, que se puso entonces al servicio de aquellos fines de destrucción, está hoy volcada en la dirección completamente contraria, y Alemania representa la mejor garantía de la democracia y la libertad en Europa.

Volviendo a los libros, y ya para terminar, hay otro aspecto de la discusión entre Grass y Fest que merece la pena destacar. A primera vista, parece que nos encontramos ante un simple debate (uno más) entre una persona de izquierdas y otra de derechas. Pero si profundizamos en el asunto, creo que podemos sacarle un poco más de jugo a la situación. Observemos que la confrontación se produce entre una persona que primero fue nazi y luego de izquierdas (caso de Grass), y otra que se mantuvo siempre firme en una misma posición política, una ideología que podríamos llamar liberal-conservadora (caso de Fest; casualmente, fest en alemán significa precisamente “firme”).

Desde una perspectiva política, podría aplicarse a Grass esa expresión tan común: que fue un “hombre de su tiempo”; como la mayoría de sus compatriotas, fue nazi en los años 40 y de izquierdas en los años 60 y siguientes.

Fest, en cambio, mantuvo una opinión opuesta a la mayoría de sus compatriotas durante casi toda su vida, tanto en la época nazi como en la época posterior, mereciendo que encabezaran su obituario con las palabras “Der stolze Einzelgänger”, esto es, “el orgulloso solitario”.

¿Qué actitud es más encomiable? ¿La capacidad de adaptación de Grass, o la firmeza de Fest? Supongo que ambas actitudes podrían considerarse, en si mismas, “virtuosas”, pero se me ocurre una importante diferencia entre ambas, y es la siguiente: las personas del tipo “adaptable” (Grass) difícilmente pueden cambiar la sociedad, ya que es la sociedad quien les cambia a ellos; son las personas del tipo “firme” como Fest (carácter atribuible también, a buen seguro, a gente como Hitler, o Lenin, etc...) las que pueden cambiar el mundo, ya sea para bien o para mal. Los primeros, los adaptables, serán magníficos ejecutores de los cambios que provoquen los segundos, los firmes. Y unos y otros actuarán correctamente sólo en función de la justicia de la causa a la que sirvan, ya sea como creadores de ella o como adheridos a la causa creada.

La situación admite, finalmente, un análisis filosófico. No me siento capaz de realizarlo por falta de base teórica, pero sí puedo dejar apuntada esa posibilidad gracias a un librito magnífico que me he leído recientemente –y algún otro día comentaré-, que me ha servido para refrescar conceptos que tenía completamente olvidados desde el colegio.

Relacionando las actitudes personales que antes he diferenciado, con las formas de adquisición del conocimiento humano según la filosofía clásica, podemos entrar de lleno en el debate entre Platón y Aristóteles, o entre el idealismo y el materialismo. Si entre los lectores hay algún filósofo emboscado, le animo a que realice los comentarios oportunos.

sábado, 2 de mayo de 2009

El Retiro

Esta mañana nos hemos dado una agradable vuelta por el Retiro, aprovechando que en Madrid hacía un día magnífico, y he tomado algunas fotos con la cámara pequeña. Luego por la tarde hemos estado viendo cómo el Barcelona nos pegaba una buena paliza al fútbol, jeje, y es que no se puede tener todo en la vida, noooooop...

Primero unas fotos generales del parque... el camino que sale en la segunda foto, donde se ven todos los castaños en flor, es el Paseo de Argentina.





En el Retiro se hace de todo, aparte de remar. Por ejemplo:
1º El mimo:


2º Proselitismo mormón:

3º Tai-chi:


4º Aprender a patinar:


E infinidad de cosas más, muchas legales y otras no tanto.

Otro dato interesante es que podemos encontrar la única estatua que existe en el mundo (creo que es la única) dedicada al mismísimo diablo, como el "Ángel Caído". Aquí tenéis un par de fotos:


También hay una rosaleda, cuyo mejor momento está a punto de comenzar:




Cuando yo era niño el Zoo de Madrid estaba también en el Retiro, pero hace muchos años se lo llevaron a un lugar más grande, a la Casa de Campo.

Y esto es todo. Para tratarse del mejor parque de Madrid, le he dedicado una entrada escasa y poco sistemática. Algún día la completaré.

miércoles, 29 de abril de 2009

Hablando de epidemias...

Según las últimas noticias de hoy, tenemos en España a 10 personas enfermas –ya confirmadas-con esta nueva especie de gripe porcina. Bastantes más personas son por ahora sólo “sospechosas” de padecerla.

Lo más significativo es que hoy se ha confirmado el primer contagio de la enfermedad producido en territorio español, pues hasta ahora todos los enfermos y sospechosos de serlo habían llegado en vuelos procedentes México. Este primer contagiado en España es el novio de una chica que había pasado unos días en México.

Afortunadamente, parece que aplicando a tiempo el tratamiento la enfermedad no es mortal. Pero bueno, ya veremos cómo acaba todo esto. Por de pronto hoy ya he visto por la calle a la primera persona con una mascarilla; aunque podría llevarla por cualquier otra cosa, claro.

En relación con este asunto quería comentar un par de cosas:

1º.- Se está desempolvando ahora la historia de la famosa “gripe española” de 1918, que mató a 50 millones de personas en todo el mundo. Gracias a ello he sabido algo que ignoraba; estaba tan convencido de que la gripe española era un genuino producto nacional, como el jamón serrano o el aceite de oliva, y resulta que no es así.

Esa gripe se inició en Estados Unidos, y llegó con sus soldados a Francia (era la Primera Guerra Mundial). Y de Francia pasó a España. La gripe empezó a matar a la gente rápidamente, pero tanto en Estados Unidos como en el resto de Europa se censuró toda información sobre el asunto (estaba en vigor una censura militar por la guerra, y no debió resultar complicado). En España, en cambio, al ser un país neutral, la prensa estuvo informando continuamente sobre las muertes que se iban produciendo, de modo que en el resto del mundo se pensó que la enfermedad se había originado aquí. Y ahora ya no hay quien nos quite ese sambenito de encima…

2º.- Lo segundo que quería comentar tiene también relación con una epidemia, pero no de gripe sino de peste. De esto me enteré poco después de leerme el libro La Peste, que ya fue objeto de una entrada en este blog. Resulta que la gran epidemia de peste que asoló Europa de 1348 a 1351, conocida como la Peste Negra, fue, según parece, el primer caso y el más letal de guerra bacteriológica de la Historia.

La historia completa se cuenta aquí, pero la resumo brevemente. Los genoveses tenían ocupada una ciudad en la península de Crimea, al sur de Rusia. Los mongoles llegaron y asediaron la ciudad. En el campamento mongol surgió entonces el brote de peste. Y no se les ocurrió mejor idea a los angelitos que lanzar los cadáveres de los enfermos fallecidos, con catapultas, al interior de la ciudad asediada. De este modo contagiaron a los defensores genoveses. Los mongoles ocuparon la ciudad y los genoveses supervivientes huyeron de vuelta a Italia, portando con ellos la peste.


Finalmente la peste se extendió por toda Europa, y mató a 25 de millones de personas de los 75 millones de habitantes que tenía entonces el continente. Uno de cada tres europeos.

Pues nada, esto es todo. Creo que por hoy ya basta de contar historias tétricas, que menuda racha llevo…

martes, 28 de abril de 2009

Un auto-obituario

Cuenta el periódico que hoy ha muerto un periodista llamado Javier Ortiz. Su nombre no me sonaba de nada, aunque supongo que algo suyo habré leído alguna vez dado que publicó artículos en dos periódicos de ámbito nacional, El Mundo y Público.

Dice también el periódico que este hombre tenía un blog (¡compañero!), cuya última entrada ha sido un obituario suyo escrito por él mismo. El texto tiene bastante gracia, la verdad, aparte de lo inhabitual que resulta leer a una persona contando su vida desde su presente condición de muerta.

Noto además que sus palabras conservan todavía algo de vida, una vida que a buen seguro perderán rápidamente para quedar eternamente fosilizadas; como a estas horas no ha sido enterrado, debe ser que aún no pertenece completamente al reino de la Muerte. Si existe un Más Allá (¿en el Monte Olimpo?), estará ahora mismo liado con los trámites de entrada, rellenando papelotes en el check-in o aguardando aburrido su turno en una sala de espera.

Aquí os pongo el link, por si os apetece escuchar una voz de ultratumba...

jueves, 23 de abril de 2009

Colonia Clunia Sulpicia

Este pasado fin de semana visitamos, entre otros lugares, las ruinas de una antigua ciudad romana, llamada Colonia Clunia Sulpicia o simplemente Clunia.

El lugar fue un poblado celtibérico –más concretamente, arévaco- antes de la llegada de los romanos. La ciudad vivió su pequeño momento de gloria en el año 68 d.C., cuando encontrándose en ella Galba, fue proclamado emperador de Roma al producirse el fallecimiento de Nerón (de cuya muerte parece que Galba no fue completamente inocente). Galba reclutó en Clunia una Legión de hispanos (la Legión VII Gemina Felix), y se fue con ella a Roma para tomar posesión de su cargo.

La ciudad perdió importancia en la época visigoda (siglo VII), y acabó desapareciendo. Escaneo la parte del prospecto que nos cuenta la historia de la ciudad, y vinculo aquí más información de Clunia, para quien tenga interés en ella:


Resulta muy llamativo el emplazamiento de la ciudad, en un altozano que se levanta sobre la meseta castellana. Muy adecuado para ver llegar desde lejos al enemigo. Se aprecia bien esta ubicación en el trozo de prospecto que escaneo seguidamente, a plena resolución, en el que se encuentran dibujadas las curvas de nivel. Fijaos sobre todo en el emplazamiento del teatro, aprovechando el desnivel del terreno para facilitar su construcción



Lamentablemente, los restos que quedan hoy día son muy escasos. Existe una pequeña ermita próxima a la zona del antiguo foro que con toda seguridad se construiría empleando como material los propios restos arqueológicos, en una época en la que el pasado no se valoraba como merecía. Pero el grueso de la pérdida tuvo que ser anterior a su construcción.

Y aquí pongo tres fotos: la primera, de la zona de viviendas; la segunda, de la zona del foro con la ermita al fondo; y la tercera, del teatro.





El yacimiento se encuentra en el pueblo de Peñalba de Castro (Burgos), muy cerca de Aranda de Duero, a unos 200 Km de Madrid. Está lo suficientemente cerca como para hacer una excursión en el día, y es lo bastante interesante como para hacerlo. No en vano, son los mismos lugares que vieron con sus propios ojos nuestros antepasados de hace 2000 años.

Y cuando digo “nuestros”, me refiero a todos los lectores del blog, incluidos los americanos. Pues si bien el devenir histórico ha hecho que los europeos vivamos más próximos a esos restos materiales, ello no significa que nuestra vinculación de sangre sea necesariamente mayor. Es más, probablemente esa vinculación nuestra sea inferior a la que pueda tener un americano cualquiera de origen hispano-italiano y aspecto senatorial (no quiero señalar).