
La primera y principal cosa a saber es que en cabina sólo permiten UN bulto de equipaje por pasajero. Se considera un bulto incluso el bolso de las mujeres. Los bultos, además, deben caber en ese trasto de hierro con las medidas máximas del equipaje que se ve habitualmente en todos los mostradores de facturación, y que nadie utiliza. Pues aviso: en Ryanair, le dan al trasto el uso para el cual está concebido.
Todo bulto que no quepa en el trasto, o que exceda de uno por persona, hay que facturarlo. Si estás ya en la cola para entrar en el avión, lo apartan para meterlo en la bodega y pagas 20 Euros por bulto.
La gente comienza a embarcar en el mismo instante en que sale el último pasajero. No limpian el avión entre vuelos (lo cual no significa necesariamente que el avión esté sucio, siempre que los viajeros precedentes se hayan portado civilizadamente).
Los asientos no están numerados, por lo que la entrada se convierte en una especie de “sálvese quien pueda”. Si va un grupo algo numeroso de personas, deberán ponerse de los primeros en la cola de embarque si quieren sentarse juntos.
Nuestro avión era un 737-800 (creo que es el avión estándar de la compañía), con dos filas de tres asientos y pasillo central. Los asientos son como de plasticucho, no reclinables, y el espacio para las piernas es mínimo. No me parece aconsejable para un vuelo que dure mucho más de una hora, ni para gente alta.
El interior de la cabina está pintado con colores chillones (amarillo y azul), y ¡con publicidad en las puertas de los cajones para el equipaje!
Lo más divertido es el ambiente de mercado medieval que se crea en el avión. Por supuesto, no dan comida ni bebida gratis (ni periódicos, ni almohadas, ni mantas...). Pasan las azafatas, eso sí, vendiendo comida, bebida, y artículos de regalo. Por la megafonía anuncian productos. Y lo mejor de todo: se reparten tarjetas –a un precio de 2 Euros la unidad- de ésas de rascar y “ganar.” Vamos, como si fuera una tómbola volante…
A la ida salimos con 45 minutos de retraso, pero a la vuelta el avión llegó en hora. Y en ese momento nos dieron la sorpresa final: nada más tocar tierra –con el avión todavía frenando por la pista-, sonó de repente por megafonía una especie de “¡tachánnnn!”, y nos pusieron una grabación en inglés –con un fuerte acento irlandés- celebrando que el avión había llegado en hora y anunciando que Ryanair era la línea aérea más puntual y bla, bla, bla… ¡hay que descubrirse ante esta exhibición de esfuerzo comercial!

































