Ya estoy aquí de vuelta. Hemos pasado diez días recorriendo el interior de Suecia, y luego otros cinco días visitando la ciudad de Estocolmo.
Suecia es, probablemente, el país perfecto. Es un país grande (para las medidas europeas) y muy poco poblado. Su capital, Estocolmo, es una ciudad de cuento y cosmopolita al mismo tiempo. Las demás ciudades del país son pequeñas, pero todas ellas (al menos las que he visto) cuentan en sus afueras con una zona industrial; incluso en pueblos verdaderamente menores, no es raro encontrar una pequeña fábrica. Las carreteras son buenas, rectas y con poco tráfico. En la zona sur del país, se desarrolla una intensa actividad agrícola y ganadera, mayoritariamente en explotaciones de tamaño pequeño/mediano organizadas en granjas. En la zona centro-norte, el territorio se encuentra cubierto por inmensos bosques (de abedules, pinos y abetos, principalmente), que son objeto de una concienzuda explotación forestal.
En verano hace una temperatura muy agradable, y, por lo que he averiguado, el invierno no es demasiado frío, al menos no tanto como sugiere la latitud del país. A mí, desde luego, me resultaría bastante más soportable que el clima de Madrid… no me ha resultado divertido cambiar los 20 grados de Estocolmo, por los 40 de esta ciudad.
Hablando un poco de inglés puedes comunicarte sin ninguna dificultad, pues casi todos los suecos hablan perfectamente ese idioma. Con el asunto de la lengua se produce una circunstancia curiosa. En cualquier país donde el idioma oficial no sea el inglés, la información que puede ser importante o de interés para los turistas suele estar traducida al inglés, por lo que, aun sin hablar el idioma local, puedes manejarte bien leyendo simplemente los carteles. En Suecia ocurre al revés: encuentras poca información traducida al inglés, pero, en cambio, puedes pedir a cualquier viandante que te traduzca algún cartel escrito en sueco, o que te aclare cualquier duda que tengas.
En el interior de Suecia, la gente desaparece de las calles a las seis de la tarde y se va a sus casas a cenar. Se nota que pasan mucho tiempo en sus casas, lo cual no me extraña pues habitan en grandes viviendas unifamiliares rodeadas de jardínes (sin verjas, rejas, o nada parecido). En Estocolmo hay mucha más vida, y gran afición de la gente a comer fuera, tanto a mediodía como por la noche.
La visión que percibe un viajero del país que visita siempre está muy distorsionada por el hecho de no tener que trabajar. No tienes obligaciones, horarios, etc… y así es difícil conocer los verdaderos inconvenientes de un país. No obstante, el tráfico te permite al menos detectar cuándo se dirigen las personas al trabajo, y cuando vuelven a sus casas. En Suecia, la mayor parte de la gente debe trabajar de 8/9 a 4/5.
Pero el viajero es, quizás, quien mejor puede percibir si las soluciones que da el país visitado a los problemas prácticos de la vida (comidas, transporte público, compras, etc…) son sencillos y de sentido común, o no. Y Suecia resulta, en este aspecto, un país muy lógico y sencillo.
Termino con un dato importante. Los suecos no parecen ser más inteligentes que nosotros (por “nosotros” me puedo referir a “los españoles”, o también a “los lectores” de este blog y a sus respectivos compatriotas). Ni más rápidos, ni más trabajadores. Lo que son los suecos es muy sensatos, muy tranquilos, y muy amables y colaboradores entre ellos y con los extranjeros. Quizás esto sea todo lo que se necesita para organizar un país perfecto.
Esta es una canción que sonaba continuamente en la radio. Elijo la versión que incorpora la letra, para recordar los mismos textos incomprensibles que hemos estado “leyendo” durante quince días.
































