Siempre que voy a Alemania y veo cómo viven allí, vuelvo a España divagando y teorizando sobre el origen de la riqueza en las naciones… como si fuera un Adam Smith de pacotilla. No por voluntad de mortificarme –de lo que no tengo ningún interés-, ni porque tenga alguna esperanza de que este país pueda algún día imitar a Alemania –en lo bueno, como debe ser-, sino por pura curiosidad intelectual.
Es una opinión generalizada que los países ricos lo son por robar a los países pobres, que nos encontramos ante un supuesto de suma cero con arreglo al cual la riqueza de unos procede exclusivamente de la pobreza de otros. Yo no lo veo así. Creo que esa opinión general puede tener una parte de verdad, pero muy pequeña; en lo fundamental, la riqueza de las naciones obedece a causas mucho más profundas, vinculadas con la forma en la que sus habitantes han llegado a organizarse entre ellos.
Pero a los efectos que ahora me interesan –y también como prueba lógica de lo anterior- voy a prescindir de esa discusión. Aceptemos incluso que es así, que los países que son ricos lo son únicamente porque roban a los pobres. El problema sobre el origen de la riqueza se mantendría, sólo que en ese caso la pregunta sería: ¿por qué unos países –o grupos humanos, más bien- han sabido situarse por encima de los otros, a la cabeza de esa hipotética cadena trófica de naciones? ¿Por qué han sido capaces de imponerse?
Las respuestas posibles a esa pregunta son numerosas. Por centrarme en una, es evidente que gran parte de los países ricos –caso, por ejemplo, de Alemania- se sitúan en latitudes donde soportan inviernos brutales, en zonas donde se hace difícil entender que los pobladores primitivos pudiesen siquiera sobrevivir (imaginémonos a nosotros mismos viviendo en el bosque, en una cabaña sin electricidad, con temperaturas permanentemente por debajo de cero durante semanas enteras).
Es llamativo que estos grupos humanos, que en el desarrollo histórico partían de una situación de desventaja tan acusada en relación con aquellos grupos asentados en territorios de naturaleza más benigna, hayan sido a la postre los que se hayan impuesto sobre los demás (por lo menos en una fotografía del momento presente, ¡no hay que perder de vista que la historia no ha terminado!..).
Se podría sostener, pienso que con fundamento, la teoría de que estos grupos humanos de los países fríos desarrollaron, por una imperiosa necesidad de vencer y someter a una naturaleza hostil, capacidades de organización y colaboración social que les llevaron a acceder antes que otros grupos a -por ejemplo- avances tecnológicos y les colocaron en una posición de ventaja frente a los demás. Esta teoría también tiene sus pegas, por supuesto, pero bueno, ahí la dejo.
En el caso de Alemania, nos encontramos con un país más pequeño que España, sin los recursos naturales que se necesitan en la economía moderna y con unas necesidades ingentes de energía para calentarse, y sin el recurso del “sol y playa” del que nosotros disponemos. La única ventaja objetiva sobre nosotros es que tienen casi el doble de población, alrededor de 82 millones de habitantes. Pues bien, con esta escasa diferencia de partida, resulta que son ¡el primer exportador del mundo!, por encima de Estados Unidos o de Japón, y sólo este año les ha alcanzado ya China (que tiene 1.300 millones de habitantes y que es la potencia del futuro).
Y paseando por allí, tampoco te da la impresión de que se maten a trabajar. Probablemente tengamos nosotros jornadas laborales más largas que ellos. Además de trabajar menos, tienen salarios más altos, y los bienes y servicios a su disposición son de mayor calidad y en muchos casos más baratos que en España.
¿Y cuál es el secreto del éxito? ¿Cuál es esa fórmula inalcanzable, más valiosa que la fórmula de la Coca-Cola ? Pues, básicamente, una buena organización. Nada más. ¿Y cuál es el secreto de esa organización eficaz, cómo se puede conseguir? Aquí se encuentra el meollo de la cuestión, y la verdadera dificultad: está dentro de cada uno de nosotros, en el impulso individual de hacer las cosas bien dentro de nuestro ámbito de actuación.
Bueno, vamos a las fotos del viaje. Voy a poner unas pocas del primer día, ya vendrán más en alguna entrada posterior.
Pese a los comentarios elogiosos vertidos hace dos entradas sobre mi condición de organizador, lo cierto es que el primer día la cagué pero bien cagada, porque sugerí que fuéramos a cenar a lo que pensé que era una cervecería cercana al hotel, y tras caminar un rato más largo del previsto nuestro destino resultó ser ¡una fábrica de cerveza!, cerrada a esas horas, por supuesto. Tuvimos que dar media vuelta y volver a las cercanías del hotel, donde, por suerte, encontramos una buena cervecería para cenar.
Hay que tener en cuenta que estaba ya bien entrada la noche. Ignoro la temperatura exacta que haría, pero como indicaba Clara en su comentario del otro día la temperatura mínima prevista era de -11 grados, por lo que la temperatura en esos momentos no se encontraría muy lejana a ese valor. Y en ese ambiente no está bien hacer pasear a la gente en vano, jeje.
Nos hizo bastante frío, pero fue interesante visitar la ciudad en ese ambiente invernal. La gente iba muy abrigada, como es natural. En ocasiones se veía a alguien paseando con la camisa al aire, pero eso sólo podían hacerlo los muy muy muy machotes.
Esta primera foto la tomé en el aeropuerto, a nuestra llegada. Aterrizamos sin novedad, afortunadamente no le dio al avión por realizar patinaje artístico.
Ésta es Clara, haciendo el ganso por la calle.

Ésta es Clara, con el homenajeado.

Y ésta es Clara, acompañada de este servidor de ustedes que hasta aquí les platicó… :-)
